PUZLE

Cuando tomé conciencia de mi propio ser, me descubrí incompleto. Y siendo tan grande el mundo, supuse que encontraría sin demora las piezas que terminarían de construirme. No fue así y cuando quise completarme con otras cosas, rompí el encuadre y desfiguré mi ser, quedé roto.

Desde temprana infancia creé un cubil interno donde estar a salvo. Dentro de mi mundo era yo juez y verdugo, un dictador que sin mesura condenó y mató las ideas que me exponían a lo externo, las emociones que me hacían sentir incómodo habían recibido la bala del olvido entre las orejas y estaban enterradas en temor.

Mis padres interpretaron esto como un pedido de atención y me la dieron en exceso, tan indeseado era el acto como la envidia que despertó en mis hermanos. Autoexiliado de la compañía de mis coetáneos, prefería andar con adultos y adolescentes, estos me hablaron sobre Pocho Blanco, un espectro castigador; se manifestaba con una vara de metal en una mano y una correa en la otra, invitaba a quien lo veía a elegir la mano con la que recibir el castigo. Todos los que habían sobrevivido confesaban besando el pulgar, que habían recibido una somanta de golpes que por un momento recapacitaron. Tengo tantos demonios dentro mío que ni me fijo en los del afuera. No me asustan.

Trece años viví falto de mí mismo, pero llegó el día en que me sintiera entero por primera vez. Durante el matrimonio de Sandra, uno de sus primos me llamó a jugar fuera de la casona en la que se desarrollaba la recepción, fuimos a un panteón hecho entero de mármol, tenía unas betas largas que parecían venas doradas. El candado que cerraba la puerta estaba casi destruido por la herrumbre y cayó al segundo golpe. Dentro, un vitral en forma de cúpula dejaba pasar destellos tornasol. Gonzalo me presentó a Cristal, le dio un largo beso que lo dejó sin aliento y me la ofreció, me resistí, pero sus vapores exóticos me obligaron a probar su esencia. Bailó dentro de mí y me llevó a un mundo utópico, una mezcla entre el real y el mío. Experimenté la felicidad por primera vez en lo que sería un atrevimiento llamar vida.

A mis padres les sobraba espacio en la sesera, y echarme de casa para apartarme de Cristal fue señal inequívoca de ello. Ahora podía tomarla cuando quiera y ser feliz, pero no tenía recursos para alquilarme su calor. Aún.

Lo que me hacía falta dentro, me sobraba por fuera, era hermoso y joven, fue fácil conseguir quien me diera todo a cambio de mi…compañía. Desde niño descubrí que las rosas del amor germinaban en tierras abonadas por heces de sexo y deseo, por eso eran hediondas, pero el placer que las regaba era una moneda de cambio más poderosa que el dinero. Quizá tan temprano hallazgo fue lo que me motivó a quedarme dentro de mí. Gerardo era agradable, pero era sólo un vampiro más en el terror de la noche y yo era su presa favorita por ahora. Esta fue una de las primeras piezas del puzle de mi identidad que fueron removidas y deformadas hasta no encontrar forma de encajarla: mi hombría. Luego de que Cristal me alegrara el mundo, conocí a Blanca, sofisticada ella, me invitó a explorar, salir de mí para entrar en la tierra de lo ajeno, de los demás, en la patria de lo indecible, aquella a la que jamás me hubiera aventurado sin su compañía.

Gerardo había tolerado a Cristal, pero María era aún más impulsiva, yo no la iba a dejar, así que me echó a la calle con mi ropa y unos cuantos billetes. Aunque mi belleza estaba maculada, la vendí en la calle a cambio de monedas manchadas de mierda.

Dormía frente a una iglesia cuando un vehículo me despertó, descendieron de él mis hermanos. La adrenalina dilató mis pupilas más que cualquier línea que haya inhalado, me levanté y corrí. Mis piernas desnutridas desfallecieron y uno de mis hermanos me cayó encima, le rogué que me suelte, lancé patadas y mentiras, injurias y amenazas, golpeé incluso a mi madre. Llegué a lo que  sin dudas era un centro de rehabilitación, estaba sedado pero consciente y pude sentir como sacaban de mi recto las dosis que había conseguido gracias al mismo y guardado con tanto celo, cuando giré mi cabeza vi como arrojaban el contenido por el retrete, fue como si le arrancaran a una madre su hijo neonato del pecho y lo estrellaran contra el piso para luego decirle que con eso aprendería a valorar la vida. La desesperación y el miedo condujeron mi carne ya sin alma a un frenesí que jamás sentí, me sacudí con tal violencia ante el pánico atroz de ver perdidas mis drogas, que caí de cara. Luché contra la inconsciencia que me apagaba, la sentí trepar en mí como un cáncer, una mancha negra que me opacaba. Me venció.

Crisálida se llamaba el lugar, nada más acertado. Su slogan daba a entender que luego podías ser libre como una mariposa. ¿Se olvidarían que al capullo se llega como gusano, arrastrándote sobre tu propia baba y que no solo mariposas emergen de ellas, sino otras criaturas abyectas?… Creo que lo tenían muy en cuenta.

Tras dos meses de encierro, descubrí que todo aquí funciona igual que afuera, sólo que más pequeño. Una dosis de heroína a cambio del culo, jeringas por una mamada. Una ganga.

Cuando me inoculé, descubrí qué era el paroxismo del placer, jamás me había sentido tan completo. En medio de la nada suprema, apareció delante de mí un espectro, correa en la diestra y vara de acero en la siniestra. No tardé en elegir la derecha y me quedé a esperar el castigo, con los ojos cerrados para disfrutarlo. Escuché su andar exasperantemente lento acercarse a mí, ya quería sentir los azotes, sentir algo.

Cuando el cuero se enredó en mi cuello supe que había elegido mal.


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