CMA: III

OJO: Esta es la tarcera y última parte de Cuando Muere el Amor. Para un mayor entendimiento, por favor lee las dos primeras partes primero. Si ya lo hiciste y lo crees necesario, dales una leída rápida.
Abajo los links directos.

Silvana entró con miedo. La casa era bonita, tenía esta aura amarillenta que proyectan las casas de las abuelas, como si todo estuviera bajo un filtro de tiempo que no puedes ver pero se capta con los sentidos que no forman parte de los cinco que nos enseñaron desde niños.

Beatriz la invitó a sentarse, su salita era pequeña pero acogedora, no había televisor, sólo una rocola que parecía no funcionar, un tocadiscos marca SoundMasters con su tapa opaca que yacía sobre un velador en la esquina y muchos discos sueltos en la mesa de centro y a los alrededores. Cuando Silvana tomó asiento, un muchachito de unos nueve años apareció desde uno de los pasadizos; Silvana lo saludó pero este no dijo nada, sólo se le quedó mirando.

—Este es Ronald, el nieto de mi vecina —intervino Beatriz—. Saluda hijito —soltó con voz de mando, pero sin gritar.

El muchacho siguió mirando fijamente a Silvana y cuando esta le tendió la mano, el niño abrió la boca y le dejó ver un muñón grosero ahí donde debía estar su lengua.

— ¡Jesús! ¿Cómo te atreves Ron? ¡Vete a jugar arriba! —Ronald ya había huido de la escena soltando una risita malévola.

La cara de susto se había quedado en Silvana por un buen rato, no tanto por la grosería o el muñón baboso de Ronald, sino pensando en la forma en que perdió la lengua el pobre niño.

—Discúlpalo, ha pasado por mucho, es un buen muchacho, sino no lo dejaría quedarse — ¡No bajes hasta que llame!— gritó Beatriz.

— Descuide señora. —Silvana se esforzó por sonreír.

Se hizo un incómodo silencio que duró demasiado, hasta que Silvana recordó que fue ella quien apareció en la puerta de la casa, y comenzó la conversación.

—Beatriz, siento mucho su pérdida

—Gracias hija —hizo un gesto con las manos, como quitándole drama.

—Se preguntará a qué he venido…

— Imagino que a saber de Luca o a disculparte —interrumpió Beatriz.

— Bueno, la verdad es que no tenía pensado venir aquí, fue gracias a mi…—Silvana se detuvo antes de decir ex—…a un amigo que supe que era necesario venir.

El rostro de Beatriz cambió de forma abrupta, ya no mostraba interés sino pena y casi conteniendo el llanto dijo:

— La verdad hijita, es que yo sí quería que vengas para disculparme contigo.

Silvana enderezó la espalda y frunció el ceño mientras tomaba aire lentamente, una especie de acto reflejo para relajarse; su rostro era una manifestación exagerada de la falta de entendimiento y a Beatriz no le sorprendió que sus palabras la confundieran.

—Entiendo que te desconciertes, pero es así. Quería disculparme contigo por ir a tu consultorio y hacerte pasar esa vergüenza con tus pacientes.

— No, no, no señora, no tiene que disculparse, entiendo completamente y es más, se lo agradezco. Me ha hecho ver las cosas de otra manera —Beatriz asentía con la cabeza mientas Silvana se explayaba— y estoy comenzando a entender muchos aspectos de mi vida y de la de mis pacientes gracias a eso.

Beatriz quiso interrumpir, pero Silvana levando la mano y le mostró la palma en señal de que se detenga, sentía que si no hablaba ahora, no lo haría jamás y continuó.

—La verdad es que le dije a su hijo cosas muy duras —se detuvo un segundo, estudiaba sus gestos—. De haber sabido que su estado era tan grave, no lo habría hecho —Beatriz escuchaba atenta—. Pero debo decir que él negó haber tenido pensamientos suicidas cuando se lo pregunté mientras llenaba su expediente inicial —esta era la primera mentira que dijo Luca—. Si hubiera usado otro método terapéutico con él, quizá no hubiera hecho eso o si tan solo hubiera detectado que mentía…ahora el… —Beatriz interrumpió y Silvana puso cara de condescendencia.

— ¡Ya lo había decidido! —Gritó la anciana con el llanto cociéndose en su garganta— Él lo iba a hacer ese mismo día, antes incluso de ir a su consulta. Dejó una nota de… despedida… ahí lo decía —Beatriz le tendió a Silvana un manuscrito, y le señaló desde dónde tendría que leer, el resto estaba cubierto:

 …si encuentras esta nota, quiere decir que no tengo cura, si la mejor de la ciudad no pudo hacer nada, nadie más podrá. Lo siento mucho mamá. Dejo atrás mi música que siempre me acompañó, ya sabes qué hacer con mis instrumentos. Espero no verte allá donde esta decisión me lleva, así que esto es un adiós para siempre. Perdóname. Te amo.

— No debí hacerte eso hija, fue una reacción estúpida, la culpa no es tuya, él es el responsable de esto —Silvana aún tenía los ojos en la hoja de papel, aunque no estaba leyendo, sino sólo la contemplaba con la mirada perdida.

— Quiero conocerle —Dijo con los ojos enrojecidos de la pena, pero con una profunda decisión—, sé que no tengo la culpa, pero pude haber hecho algo si lo hubiera conocido. Quiero saber el tipo de persona que fue, quisiera saber todo lo posible sobre él.

— Él se mudó aquí luego de lo que pasó, así que todas sus cosas están arriba, puedes venir cuando gustes, siempre estoy en casa y me sirve la compañía.

La primera vez que entró al cuarto de Luca, a Silvana le llamó la atención que la cama esté deshecha, no dijo nada al respecto, pero era extraño, porque la puerta estaba con llave. Beatriz le contó que trató de no tocar nada de sus cosas, la mayoría estaba aún en cajas.

La habitación era grande, con el piso de madera oscura, y dos ventanas, una que daba a la parte frontal y otra a la calle lateral. Las cortinas eran dos telas cuya hechura se notaba doméstica y no profesional. La cama estaba puesta con la cabecera al fondo de la habitación. Posters de bandas de GlamRock sobresalían en la pared de la derecha; y alrededor de la ventana, fotografías de músicos clásicos. En su velador había un libro de música que parecía estar escrito en otro idioma, y sobre él, una foto grande que se veía antigua, en ella aparecían una mujer muy hermosa, con un vestido de lentejuelas, detrás, un pianista bien vestido en lo que parecía un musical; Silvana la tomó para verla mejor y Beatriz se asomó por encima de su hombro, empinándose.

—Esos somos mi esposo y yo en el teatro Soleil et étoile. Él era un gran pianista y yo era una actriz con poco talento para el canto. Esa fue la noche en que nos conocimos. Mi Luca compuso una canción de eso.

ella era coqueta, vestía luz.
Y él la conquistaba con sus blues.

Cantó con una vocecita rejuvenecida por la nostalgia.

—Puedes mirar cuanto quieras, te dejo aquí. No me hace bien mirar todos estos recuerdos, son como el abrazo sincero de un cactus.

—Se siente bien, pero lastima —intervino Silvana.

—Exacto —afirmó Beatriz cuando salía.

Silvana se quedó sola en la habitación de Luca y comenzó a explorarla.

Un papel sobresalía del cajón del velador, lo sacó y en él había un texto corto, que Silvana devoró de inmediato:


Cuando duermen las personas, se pasea por la zona.
Tiene grandes ojos y cabellos andrajosos.
Se aparece si lo invocas aunque también si lo provocas.
En una mano lleva un cincho de duro cuero
Y en la otra una vara de brillante acero
 
Uuuuuuhhh  El Rusty Fiero le llaman.
Uuuuuuhhh Por justiciero lo aclaman.
 
A los rufianes el persigue, cuidado te castigue.
Mantente con los buenos o cuida de tu sueño.
Cuando se te aparece un castigo él ofrece.
Cuero o acero, a elección del caballero.
 
Uuuuuuhhh  El Rusty Fiero le llaman.
Uuuuuuhhh Por justiciero lo aclaman.
 
Por miedo a su tamaño, nadie elije el largo caño.
Si tan sólo supieran que este sólo hace daño.
Si intuyeran, que el flexible cuero no es para golpear.
Cuando el cuero pides, el espectro sonríe.
Y sin dejarte hablar, te comienza a estrangular.
 
Uuuuuuhhh  El Rusty Fiero le llaman.
Uuuuuuhhh Por justiciero lo aclaman.
 

A Silvana le gustó y aunque no sabría qué tono ponerle para cantarla, sabía que era una canción y aunque le dio miedo, le pareció una letra encantadora y pegajosa. Fue lo más curioso que encontró ese día, aunque hubo muchas otras cosas bastante interesantes sobre Luca, que representaban a un hombre sensible y de gustos modestos, que prefería una vida cómoda a una vida lujosa. Con una manía por registrarlo todo en busca de inspiración.

 Esa tarde Beatriz le  ofreció quedarse a tomar una taza de café y aceptó. Se veía bastante normal, no como una madre que había perdido a su único hijo hace dos meses, hablaron sobre ellas principalmente, no sobre Luca.

En otra ocasión, en que siguió explorando en cajones llenos de notas mentales y suvenires de varias ciudades y diferentes países, por un instante le hicieron recordar lo que sentía cuando Flavio le contaba sus aventuras por diferentes lugares y la traía pequeños presentes. Luego de haber encontrado sus letras, Silvana pensó que la carrera musical de Luca no era tan mediocre como él mismo la había pintado, aunque aún no había escuchado sus canciones. En medio de una agenda desordenada Silvana encontró muchas hojas escritas, todas en papel amarillo aparentemente recortado. Cada uno de ellos estaba escrito con la misma letra imprenta y el mismo lapicero y además estaban totalmente llenas, es decir, el texto comenzaba en el borde superior izquierdo de la hoja y terminaba exactamente en el borde inferior derecho, una precisión increíble, casi maniática que Silvana encontró muy placentera de ver y que manifestaba una personalidad perfeccionista de Luca que le pareció interesante a más no poder, sobretodo porque sus últimos días los vivió en una habitación desordenada, debió haber estado muy mal.

Todas estas notas hablaban sobre gente cualquiera, todas comenzaban con: Hoy en el… Y luego seguía con el lugar, avión, bus, parque, etc… vi a una persona que… En ninguna decía si era hombre o mujer, pero se podía notar por lo que seguía. Luca describía usualmente lo que sentía o presentía de esas personas, sus rasgos personales y sus historias, nada muy largo, sino preciso, parece que le gustaba interpretar a las personas y hacerse una idea de quienes y como eran, igual que a Silvana le gustaba hacer, lo que la llevó a seguir esa profesión. Sólo una de ellas no hablaba sobre alguien sino algo, esta nota decía:

Hoy en la plazuela, vi una persona de piedra, era la fuente de La Venus. Buscando distraerme encontré a la musa. Parece que nadie más se ha fijado pero ella no cubre sus partes íntimas con sus manos, ella no se avergüenza de su cuerpo. Con su mano izquierda intenta retirar su larga cabellera del pubis, sin miedo y con la derecha no está cubriendo sus pechos modestos, sino que se lleva la mano al tórax como señal de sorpresa por la presencia de los ángeles, es por eso que uno de sus senos está a la vista. Por eso es el nacimiento de Venus, no la vergüenza de Venus. Se lo preguntaré a Botticelli si me lo encuentro allá donde voy, seguro que sí.

Además, si te agachas, desde atrás de la escultura, acercas tu oído a la altura de la concha y esperas un viento que se mueva de norte a sur; con suficiente silencio podrás escuchar el silbido del pecho de la Venus al ser sorprendida por los ángeles. Dudo que haya sido a propósito, es como una casualidad del arte que se entiende con su propia existencia, como cuando una canción llega al oído de quien la inspiró y esa persona se da cuenta, de que esa canción fue hecha suya en el anonimato.

A Silvana le sorprendió leer lo que ya parecía indicios de suicidio en este papel. Pero más que esto, le gustaba la forma en que Luca veía las cosas, y ese profundo respeto y entrega por el arte, que se podía suponer de todo lo que había encontrado escrito por él hasta ahora. Decidió que esta noche iría a la plaza para descubrir si era cierto lo que Luca decía sobre la estatua.

Era una noche cálida, así que Silvana se puso ropa pequeña y suelta. Quiso llamar a Mirna para que la acompañe, pero tendría que explicar todo el tema de Luca y lo que había estado haciendo estas semanas por lo que no se atrevió. Amigas no tenía, las consideraba falsas a todas las que lo parecían y su sinceridad brutal había alejado a las que no. Así que se fue sola.

Cuando llegó a la plaza, había muchísima gente, parecía que había una reunión de alguna comunidad cristiana, lo intuyó porque la mayoría de hombres vestían traje y llevaban biblias en las manos y las mujeres traían grandes faldas largas y blusas blancas, discordante vestidura para el clima de la noche. Buscó una banca vacía y sacó un libro que había encontrado en la habitación de Luca. Cuando lo encontró, le pareció que el título decía: “Música de Mérida” dedujo que siendo Luca un músico, le interesaba la música de todos lados. Pero cuando lo abrió, saltó un papel, que aparentemente estaba haciendo la función de marcador, tarea que ahora estaba perdida por culpa suya. Al recogerlo, leyó un apunte a lápiz que decía: “para entender como me ves, este libro he de leer”. Esto hizo que Silvana se interese en leerlo, Beatriz le permitió llevárselo prestado y cuando estaba en su casa y estudió el título, descubrió que se llamaba “Música de Mierda” escrito por Carl Wilson. Entonces se convirtió en su prioridad.

Corría un viento suave en la plaza y para cuando despegó su atención de las páginas del libro, descubrió que ya era muy tarde y casi no había gente. Por suerte, la ciudad era muy segura, sobretodo esa plaza. Silvana guardó el libro y volvió a usar la nota de Luca como marcador, para saber dónde se había quedado, devolviéndole la misión que Luca le había dado a ese pedacito de papel. Se dirigió a la escultura y al prestarle atención, supo que Luca tenía razón; la Venus no estaba avergonzada. Entonces hizo lo que debía hacer. Se colocó detrás y se agachó para ver si tenía suerte de escuchar algo. La posición en la que se encontraba era muy sugerente, con las rodillas ligeramente separadas puestas sobre la vereda, la espalda totalmente curvada cabeza de lado y el trasero en pompa; la misma Silvana sintió el erotismo de su postura y le pareció algo divertido.

Se concentró en lo que hacía, guardó total silencio y cambiando de ángulo la cabeza, buscaba ese sonido descrito por Luca. Se perdió en esta tarea, su pensamiento estaba casi en blanco, su mente casi vacía, no se había dado cuenta pero descubrió en ese instante que no había sentido culpa ni pena ni malestar desde que comenzó a conocer quien fue Luca, descubrió que sentía que podía volver a trabajar, perdida aún y con la cabeza llena de estas ideas, un fuerte viento sopló y le arrancó a la concha un sonido silbante que efectivamente parecía una reacción de sorpresa marcada con el pecho. Antes de ponerse en pie, descubrió que había una marca hecha con algún metal afilado, quitó un poco de polvo y leyó: Te perdono M.

Tomó sus cosas y se fue a un bar a beber, sentía una pena que necesitaba ser ahogada con varias copas de vodka, si era Danzka, mejor aún.

Al día siguiente, Silvana fue a casa de Luca. Tocó la puerta y apareció Beatriz, quien la invitó a pasar. Silvana se negó.

— ¿Cómo sabía que iba a venir? —Preguntó Silvana, directa y sin saludar.

—Hola hija. ¿Qué pasa, por qué me preguntas eso?

—Perdón Beatriz, buenos días. ¿Puede responder la pregunta por favor?

—No lo sabía.

— ¿Y por qué me dijo que me estaba esperando cuando vine por primera vez? —Silvana estaba usando toda su experiencia para saber por qué le habían mentido.

—Entra y te lo cuento.

Silvana entró casi empujando a Beatriz. No sabía por qué, pero estaba muy enfadada, se sentía engañada, como si hubieran jugado con ella y no se sentía nada bien.

Beatriz le contó que en su nota de suicidio, Luca había escrito un mensaje para ella, era unas instrucciones en realidad. En el mensaje Luca decía que Mariana vendría cuando sepa de su muerte y que cuando eso pase, que por favor la reciba y le entregue sus cosas y que se deshaga de toda la música grabada que tenga.

—Pero ella nunca llegó —intervino Silvana y le tomó de la mano.

—Cuando te vi aparecer, me sorprendí y te dije las palabras que había estado guardando para ella, fue una respuesta refleja, casi sin pensar.

Beatriz lloraba pero sin espasmos, como en una telenovela.

— Regalé sus cosas de música, esa era su voluntad, que alguien más pueda aprender música con sus instrumentos. Sólo quedó un disco de esos antiguos, que debía entregárselo personalmente a Mariana.

— ¿No le pidió que no lo escuche o sí? —Beatriz la miró con rostro de complicidad y se paró inmediatamente a traerlo.

Silvana trató de entender un rato cómo funcionaba el tocadiscos y cuando lo descubrió, lo puso a sonar.

Esto se llama: Cuando muere el amor.

La voz de Luca sonaba poderosa, feliz, con una base en piano de fondo, probablemente pregrabada y Luca con su guitarra, comenzó a cantar:

No quise enterarme así,
Que tus besos ya no eran para mí
El miedo y la mentira
Empiezan donde acaban
Tu culpa que me mira
Y mi alma desgarra
 
Y si el amor se ha muerto
Iré tras él, incluso hasta el cielo.
Y si el amor se ha muerto
Y en el gran libro, mi nombre no han puesto
Y si el amor se ha muerto
Te espero pues mi amor, en el infierno.
 
Toda nuestra historia,
acabada en una hora
El punto final, yo no quise colocar.
Fue tu voluntad, sacar mi otra mitad.
Y aún en el pecho
Arde el calor de nuestro lecho.
 
Y si el amor se ha muerto
Iré tras él, incluso hasta el cielo.
Y si el amor se ha muerto
Y en el gran libro, mi nombre no han puesto
Y si el amor se ha muerto
Te espero pues mi amor, en el infierno.
 
Te quise buscar
Para poder sanar
Pero el corazón está hecho de carne
Y el alma lucha, pero no hay quien lo calme.
Libre quiero ser, para perdonarte.
Mi cuerpo dejé atrás. Para volver a amarte.
 
Y si el amor se ha muerto
Iré tras él, incluso hasta el cielo.
Y si el amor se ha muerto
Y en el gran libro, mi nombre no han puesto
Y si el amor se ha muerto
Te espero pues mi amor, en el infierno.

Un largo silencio bañado en lágrimas humedeció el ambiente.

Silvana sintió que era justamente lo que Luca había descrito en la nota, una canción compuesta para ella desde el anonimato.

Para Beatriz era la duda confirmada.

Para Silvana era una muestra del potencial de un engaño.

Para Beatriz era la pena incontenible de un hijo al que no pudo consolar.

Para Silvana el entendimiento de la pena y el dolor que causó.

Para ambas fue lo que necesitaban para perdonar. Una a otra y la otra a sí misma.


Dos semanas después se cumplían tres meses desde que Luca partió en búsqueda del amor.

Beatriz, que les había tomado rencor a las iglesias, decidió que lo mejor sería hacer una pequeña reunión con Silvana en el bar donde solía tocar Luca.

Se pidieron unas copas y conversaban. Silvana le preguntó si es que Luca tocaba con otros amigos y Beatriz dijo que no, que hasta donde sabía, él hacía todo solo.

Beatriz contaba anécdotas de Luca y Silvana reía y pensaba que Luca era alguien de quien ella podría haberse enamorado. Todo lo que había averiguado de él había formado en ella un concepto agradable y admirable. Descubrió que no se necesita nada más que a la persona correcta para amar y ser amado.

Beatriz dejó de beber pero para Silvana la noche era joven. Llevaban ya varias rondas cuando Beatriz le dijo a Silvana:

— Te tengo una sorpresa hija. Espera —se puso de pie y fue a hablar con el barman.

Silvana aprovechó para zamparse toda su copa y pedir otra, sentía ya sus sentidos un poco torpes.

Para cuando Beatriz regresó a su mesa, Silvana ya había bebido la mitad de su última copa, luego las luces bajaron un poco y las bocinas del bar comenzaron a emitir una canción que Silvana encontró muy familiar. Era la canción de Luca. Cuando muere el amor.

— ¡Wow, Beatriz! Qué lindo gesto. Creo que a Luca le hubiera encantado.

Ambas escuchaban en silencio, disfrutando de la melodiosa voz de Luca pero la música paró en seco.

— ¡Oye, qué te pasa! —gritó Silvana dirigiéndose al barman, luego este le señalo hacia su espalda.

Silvana se giró y allí donde estaba el escenario, vacío y oscuro, apareció una única luz que iluminaba una silueta con la cabeza gacha, esta llevaba una guitarra apoyada sobre su muslo derecho, dio dos golpes al micrófono y continuó la canción dónde se había quedado. El corazón de Silvana estaba flotando, no podía creer el tremendo gesto de Beatriz, estaba muy contenta hasta que notó que la voz era idéntica, se sobó los ojos y el cantante alzó la mirada. Era Luca.

Silvana volteó a mirar a Beatriz y esta le dijo sonriendo.

— Ve con él hijita, dense una oportunidad.

Silvana se levantó de la mesa con tanta violencia que casi empuja incluso a Beatriz. Luego la miró con odio y salió corriendo, sin rumbo, desorientada y mareada.

Los autos frenaban al verla corriendo casi cayéndose, las luces de los faros la desorientaban aún más. No podía creer lo que estaba pasando, no entendía ¿por qué le habían hecho eso? Corrió hasta que tropezó, pero antes de caer, Luca la alcanzó y evitó que se lastime.

— ¿Qué… quién eres? ¿Por qué haces esto? —dijo casi gritando.

— Era la única manera de que ambos recuperemos el amor, enterrándolo. Amando a quien abandonamos y dejando que quien nos dejó nos ame, aunque sean otras personas. Sólo dame una oportunidad.

Y Silvana se la dio.


Al otro día, Silvana amaneció en su cama un poco desorientada por la bebida, la habitación tenía un humor cargado, olía a sexo y a alcohol. Alguien estaba en el baño. Silvana trataba de aclarar su mente, pero no recordaba bien lo de anoche.

— ¡Por fin despertaste!

La cara de sorpresa de Silvana era inenarrable.

Justo en el marco de la puerta del baño, con sus casi 180 centímetros, su cabellera larga y unos ojos verdes que brillaban como esmeraldas estaba Mirna.

— ¿Quién era la señora con la que bebías anoche? Menos mal me llamó. Dijo que te tiene una sorpresa pendiente, te dormiste antes de que te la entregue. —dijo con una sonrisa.

— Es una amiga —Silvana comprendió lo que había sucedido— ¿Qué dices, volvemos al ruedo?

—Por supuesto —dijo Mirna y se sacó el sostén y las bragas ahí donde estaba, aunque sabía que no se refería exactamente al sexo.

Quedó desnuda. Preciosa, con sus caderas anchas y sus muslos suaves, su piel tersa y sus pechos firmes, una belleza élfica difícilmente repetible en el planeta, y Silvana sintió que había nacido la Venus.

Pero en ella misma.

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