CMA:II

Ojo: Este es el segundo capítulo de Cuando Muere el Amor, antes de continuar y para que la historia sea entendible, lee la primera parte antes.
Si ya lo hiciste, te recomiendo una releída rápida de manera que la experiencia sea la adecuada.
Disfrútalo.

Los ejercicios de relajación ya no eran efectivos, cada vez que se disponía a meditar para calmar su mente, Silvana veía el cuerpo tambaleante de Luca colgado de una viga. Cuando ponía las manos en el abdomen, lo sentía pesado, como lleno de píldoras explotando en su estómago y al tomar sus manos para ponerse en posición de loto, sentía las cicatrices en su muñeca, con un pulso que iba disminuyendo su frecuencia hasta que desaparecía.

¡Tú lo mataste! —las palabras de Beatriz le explotaban en la cabeza.

Bebió un sorbo directamente de la botella de Danzka y rio como loca por la incongruencia de su profesión, estaba convirtiéndose en uno de sus pacientes, dejándose devorar por un hecho fuera de su control. Ella no le voló los sesos a Luca, ella le mostró quien de verdad era y él no lo soportó. No sabía si en realidad le gustaba no saber cómo lo hizo, no saberlo se sentía más irreal, aunque incrementaba el abanico de torturas mentales.

Tenía que sacarse de ahí, de ese hoyo de desesperación y culpa. El cuarto de botella de vodka que traía dentro había comenzado ya a afectar su cabeza. Decidió ser el conejillo de indias de sí misma.

Se puso de pie, encendió las luces, puso el ruido blanco con pitidos de baja frecuencia y se sentó en la silla de los pacientes. En dónde debería estar ella como terapeuta, había una lámpara vieja a la que le había pegado su título universitario con cinta de embalaje, era lo único de ella que no se estaba desmoronando. Aún.

Cuando intentaba desviar la mirada, la luz le dañaba la vista, el sonido extraño la ponía tensa y cambiaba de posición constantemente, incómoda, llevaba un buen rato, como esperando a que algo especial suceda.

— ¡Mierda! —Exclamó Silvana y comenzó a apretar el botón de su bolígrafo desesperadamente— esto no funciona conmigo.

Se puso de pie, rompió el bolígrafo y se sintió un poco mejor. Fue como destruir su creación por miedo de lo que podría hacerle a ella, como Saturno comiéndose uno de sus hijos y así se sintió, hambrienta como en el cuadro de Rubens. Entonces lanzó la lámpara al suelo y le pareció casi divertido. Luego, con la base de la lámpara rota comenzó a golpear y romper sus luces que con tanto trabajo había conseguido enfocar, le tomó mucho más esfuerzo de lo que había pensado pero consiguió hacerse con todas. Exhausta pero decidida, tomó una de las sillas y la arrojó contra el suelo intentando romperla, no lo consiguió, así que volvió a levantarla hasta por encima de su cabeza y la lanzó con tanta fuerza que se le doblaron las patas delanteras, el éxito relativo le dio más fuerzas y volvió a hacerlo, esta vez el asiento se torció y el mueble quedó plano, tomó la segunda silla con ira, la levantó y el grito del teléfono la sacó del frenesí.

Se sintió estúpida, con el teléfono sonando y ella dubitativa sosteniendo una silla sobre su cabeza. Bajó el mueble con calma y contestó la llamada.

— Buenos días —soltó el saludo sin entusiasmo y de mala gana, pensando que ni siquiera debió contestar.

—Silvana, soy Mirna, tu celular suena apagado y no estabas en casa así que supuse que estabas en el consultorio.

Silvana alejó la bocina de sí, pensando en qué le iba a decir a Mirna, luego la acercó para intentar algo.

—Ah, hola Mirna…si, eh… mira… —fue interrumpida.

—Antes que sigas; es el segundo mes que recibo un abono por no hacer nada y quiero que pares. Ya te he dicho que estoy contigo en esto, cuando te recuperes me llamas y volvemos a trabajar.

—No, de ninguna manera, mi estado mental no tiene por qué afectar tu economía familiar.

— ¿Familiar? si sabes que vivo sola y no tengo pareja ni hijos ni a nadie, sólo a ti.

—Por eso, quiero que estés bien hasta que me recupere y no quiero volver a oír nada más de este tema.

— ¿Has bebido? Suenas un poco extraña.

— Sólo una copa, para relajarme. No es nada.

—Sólo quiero que te mejores y volvamos al ruedo para ganarme el dinero trabajando y no por lástima.

—No es lástima, es gratitud. Deja de hacerte la digna y acéptalo —Silvana colgó con alivio —Respiró hondo con cara de epifania.

Había descubierto lo que tenía que hacer, pero antes de ponerse con ello, se quedó en el consultorio y  se bebió lo que quedaba de la botella de Danzka.

Amaneció y Silvana despertó decidida, le dolía la cabeza pero ya tenía un plan. Tenía que trabajar para sentirse mejor, para sacarse la lástima de encima.

Tomó su grabadora, sacó la cinta de la sesión con Luca y se puso a escucharla completa una y otra vez. Se le fue la mañana entera escuchando esa grabación varias veces, tomó notas, armó un esquema y comenzó a prestarle atención a todos los detalles. Se percató de su tono de voz cuando hablaba con Luca y lo comparó con otras sesiones con pacientes que han tenido experiencias similares y descubrió que era más dura con Luca de lo que fue con los otros. El entendimiento comenzó a devorarse a la lástima.

Luego, revisó sus anotaciones y las comenzó a comparar con lo que relataba Luca en la grabación. Varios pensamientos y conclusiones estaban directamente relacionadas con su propia historia y comprendió que su criterio profesional había sido afectado, lo que propició una respuesta más visceral y menos terapéutica, lo que desencadenó en Luca una decisión tan terrible. Silvana sabía que no era su culpa, pero podría haber alguna mala praxis por su parte. Y ahí comenzaba lo verdaderamente difícil. Su intervención, aunque visceral por su propia experiencia; ¿se ajusta plenamente a la historia de su paciente o incluye cosas que pertenecían solo a la suya? Si luego del análisis de lo relatado por Luca y su propia historia encontrara que le dijo mentiras a Luca, tendría que confesarlo y enfrentar algún cargo penal por su responsabilidad, con esto podría volver a ser libre de sí misma, aunque sea entre barrotes. Si por otro lado, descubre que todo lo dicho a Luca se correspondió al cien por ciento con lo que él mismo relató, sería libre, pues habría cumplido con su trabajo y todo lo determinado en su acuerdo de terapia experimental previamente firmado.

Silvana había dejado atrás toda esa experiencia dolorosa con Flavio, pero lo que antes fue su enfermedad, ahora era imprescindible para su cura. Y comenzó a recordar todo, todos los detalles, toda su historia y volvió a revivir aquellas emociones que se había esforzado en enterrar, esas que la hacían sentirse menos mujer. La traición.


Silvana conoció a Flavio en una fiesta a los quince años. Era guapo, alto y un romántico. Primo de una de sus compañeras, tenía dieciséis años pero parecía mayor por la barba. Había terminado el colegio y quería conocer el mundo, eso le encantó de él. Bailaron toda la noche y ella intentaba adivinar sobre su personalidad. Siempre le había gustado analizar a las personas y pocas veces se equivocaba, haber fallado en todos sus intentos con Flavio hizo que se sienta aún más interesada en él. Bailaron pegado largo rato y luego se fueron a un rincón a besarse. Fue una noche mágica para Silvana. Nació el amor.

Estuvieron juntos un año entero hasta que ella tuvo que irse a Barcelona para estudiar su carrera. La separación física fue dura pero mantuvieron contacto por teléfono unos dos meses. Luego él desapareció sin más. Las llamadas no entraban y no mostraba señales de vida. Silvana estuvo deprimida un par de semanas y decidió enfocarse más en sus estudios.

Tres meses después de su última comunicación, Silvana llegaba a la facultad cuando vio que alguien que parecía un guiri llamaba la atención. Traía un letrero que decía: “He cruzado el oceano porque te extrañaba ¿cruzas la calle y vemos en qué acaba?”. Silvana lo reconoció a pesar de la barba y la facha, cruzó la pista y lo besó. Esa noche se entregó por primera vez.

Flavio vivía con ella, pero aprovechaba para mochilear por toda Europa mientras Silvana estaba terminando su carrera. Cuando terminó, Flavio la convenció para que se vayan juntos por el mundo y así lo hicieron. Silvana postuló a una beca de master en Viena y la respuesta la recibiría en aproximadamente cinco meses así que tomó sus cosas y el dinero que habían ahorrado y se largaron. Francia, Italia, Croacia, Serbia, Turquía, India, China, Nepal, Tailandia, Filipinas y Australia. Cinco meses de aventuras con una gran mochila y pocas monedas. Silvana descubrió que Flavio era el amor de su vida mientras hacían el amor en una pequeña barcaza con vista a la Basílica de Santa Sofía.

Silvana regresó a Barcelona, hizo sus papeles y se fue a Viena, le habían dado la beca. Flavio aceptó quedarse con ella en Viena a pesar de sus pies inquietos y ella lo amó por eso, al fin y al cabo sólo sería poco más de dos años. Al terminar el master, Flavio se había asentado, inició un albergue de animales y Flavia consiguió trabajo en un hospital muy prestigioso. Y estuvieron otros dos años allí. Hasta aquella mañana en que llegó a su casa temprano, se suponía que no habría nadie, pero ahí estaba Flavio.


Luego de escuchar las grabaciones por enésima vez, Silvana concluyó sin duda alguna de que todo y cuanto dijo a Luca encajaba sin presión con lo que él mismo había contado en su sesión. Se sintió más aliviada pero aún tenía que hacer lo que debió hacer hace muchos años. Encarar a Flavio, sacar esa sinceridad que usaba con sus pacientes, su hijo mayor, su hijo más fuerte, esa sinceridad mortal que descargó con Luca y que no quería que vuelva a pasarle con ningún otro paciente. Así que compró unos pasajes y se fue a ver a Flavio.

Llegó por la noche y fue directamente a casa de Flavio. Tocó la puerta; los nervios le hacían estremecer, sentía una presión movediza en la boca del estómago y sentía que las ideas se le removían en la cabeza, inquietas, sin alinearse y eso la ponía aún más nerviosa. Le daba miedo ver la cara de Flavio, le daba vergüenza tener que volver a él por necesidad.

Cuando salió, su cara de sorpresa al verla parecía esculpida en cera, no pudo decir nada. No hubieron saludos, la conversación fluyó, casi espontánea.

— No debí huir así, lo lamento mucho.

— No te preocupes, ya lo superé.

— Te odié ¿sabes? Los últimos meses, antes de lo que pasó. Te odié con todas mis fuerzas. Y luego te odié aún más. No podía ver tu rostro sin sentir una lástima que no te merecías, por eso me largué sin decir nada.

— ¿Crees que fue fácil para mí? Después de todos estos años pensé tenerlo superado, pero ahora te veo a los ojos y dudo de que sea así.

La vergüenza se había ido, los nervios ya no la paralizaban.

— El amor se me murió aquel día, no lo he vuelto a recuperar y eso me ha llevado a ser imparcial con un paciente y se ha suicidado por cosas que le he dicho, cosas que debí decirte a ti. Necesito ser sincera para que no le vuelva a pasar a nadie más.

— Que pena por él. ¿A qué has venido, no quedó claro que no siento nada por ti que no sea asco? —Silvana volteó el rostro ante la dureza de sus palabras.

— Hace frío  ¿puedo pasar? — Silvana se sobó las manos y apretó las axilas encogiendo los hombros.

— No creo que esto tome más de cinco minutos. ¿Qué deseas? —el rostro de humillación en ella era indescriptible.

— Está bien, sólo escucha esto y me iré —Silvana tomó aire, lo miró a los ojos y le dijo—: No fue culpa tuya, tenlo claro. Ya no era feliz a tu lado, dejaste de ser la persona que amaba y la ilusión que creó en mí tu forma de ser a los quince se esfumó cuando comencé a madurar. No tenías una carrera ni ambiciones, querías vivir el día a día y eso estaba bien antes de los veinte, pero luego comenzó a ser estúpido para mí. Llevaba un master y una carrera prometedora mientras tú vagabas y cuidabas perros. Toda la admiración que habías despertado en mí desapareció. Una parte de mí rogaba porque nos encuentres, una parte de mi estuvo aliviada de poder deshacerme de ti sin tener que decir palabra alguna. A fin de cuentas me encontraste con otro hombre en nuestra casa, así que tomé mis cosas y me fui sin decir nada. Sentía que no me merecías, ya no me sentía plena a tu lado, me avergonzaba de quien eras y de cómo te veías. Por eso te cambié, por eso te traicioné, no eres culpable, pero sí eres responsable y te odié por eso.

— Sigues siendo tan egoísta… ¿Por qué crees que tienes derecho de viajar tanto para venir a mi casa a decirme estas cosas? ¿Por tus pacientes? ¡Por Favor! —Flavio se puso muy rojo, aunque su tupida barba no dejaba ver su ira a plenitud— ¿Quieres ser sincera? Sé sincera con ese pobre hombre, con su familia. Ve a contarles que se murió porque le dijiste cosas que te hicieron recordar lo que eras. Ve a contárselo a su madre y no me vengas con idioteces a mí. ¡Vete a la mierda y no vuelvas a buscarme! —Flavio lanzó la puerta y Silvana sintió que su propia técnica, esa que había ideado y aplicado sin piedad en sus sesiones se volvía contra ella.

Ya de vuelta en su ciudad, Silvana sabía lo que tenía que hacer para recuperarse. Sólo esto la sacaría del túnel horroroso en el que se había adentrado.

Tocó la puerta de la casa de Luca, sin miedo, dispuesta a asumir las consecuencias de sus actos. Cuando Beatriz salió, la miró de pies a cabeza y dijo:

—Me preguntaba cuánto más ibas a tardar en aparecer por aquí. Pasa por favor. Te estaba esperando.

Al dar el primer paso, Silvana sintió que era ella quien estaba siendo devorada por el Saturno, ella no era la madre de la sinceridad, la sinceridad es padre de todos y nos devora salvajemente como el Saturno de Goya a su hijo.


Y entonces se detuvo la destrucción. Era tiempo de reconstruir.


Silvana ha comenzado un viaje cuyo final no conoce y eso le asusta. ¿Logrará recuperarse y ser quien era?
Averígualo en el capítulo final de CMA.

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