Presagio: Desenlace

Ojo: Esta es la segunda y última parte de Presagio, antes de continuar y para que la histroia sea entendible, lee la primera parte antes.
Si ya lo hiciste, te recomiendo una releída rápida de manera que la experiencia sea la adecuada.
Disfrútalo.


A la misma casa en la que vivió la señora Amanda llegó una familia que venía de alguna provincia, se veían adinerados y amables.

Los visité luego de un mes, mientras esperaba a que terminen de acomodarse, para no recibir objeciones. Llamé al timbre y me recibió una dama alta y hermosa, se notaba que contaba por lo menos cuarenta y cinco vueltas al sol pero era esplendorosa y amable como pocas señoras de alcurnia. Le solté mi gancho comercial y se rio tanto que pensé que se burlaba de mí. Al terminar me preguntó si podía hojear las revistas antes de decidirse, acepté y al acercarme halagó mi corbata —«gracias señora Amanda» pensé—, luego le ofrecí la suscripción semanal y doña Teresa aceptó.

Acordamos una visita cada viernes antes del mediodía y así fue. Cuando llegaba me tenía siempre una bebida con hielo, a la vez que recibía su número de AMA y hojeaba las demás a ver si encontraba alguna historia interesante, conversábamos rápidamente sobre alguna de las historias anteriores, las cuáles yo siempre leía para poder mantener el contacto con mis clientas tal y como aprendí de Germán.

Luego de dos años, yo estaba cargo de la distribución de todas las revistas y periódicos entregados a domicilio, tenía cinco supervisores con un salario fijo más comisiones por cada suscripción nueva y cada uno de ellos tenía otros cinco asistentes que se dedicaban a la distribución puerta a puerta, uno de ellos, Joaquín, el más alto y vivaracho me trajo una carta de elegante acabado y firmada por Teresa de la Mancha y Abadón, la tomé y le agradecí el encargo.

Doña Teresa me invitaba a su casa para celebrar su cumpleaños número cincuenta, me sorprendió que me encuentre digno de tal honor, había adoptado como propio el apellido de su marido tras su fallecimiento. Yo era ya un hombre relativamente adinerado así que me hice confeccionar un traje de gala con el mejor sastre de la ciudad, color cenizo para que mi camisa blanca, inmaculada como me la dejaba mamá, se luzca apropiadamente y el corbatín de brillantes telas no pierda protagonismo. Llegué media hora después de la hora marcada en la tarjeta. Durante la recepción me recibió cariñosamente y me felicitó por el buen rumbo que había tomado la empresa, y que aunque Joaquín era un buen muchacho, me extrañaba. Compartimos un poco de las historias que ella seguía y que yo aún leía, ahora más por gusto que por estrategia comercial.

Durante la velada, me presentó a su única hija, la había visto alguna vez cuando la visitaba, pero nunca había hablado con ella, recuerdo que era algo tímida, siempre viendo desde las ventanas, nunca le había puesto especial atención.

— Raúl, permíteme presentarte a mi hermosa Amatista de la Mancha y Abadón — dijo con tono solemne.

Me puse de pie tan rápido como mis músculos lo permitieron, tomé su mano derecha enfundada en un guante de una tela cuyo nombre desconocía, pero presumía de una textura tan suave como pétalos de rosa, besé el dorso de su mano y me presenté.

— Raúl Eduardo, un servidor —no creí necesario dar mis apellidos.

Amatista me ofreció una bella sonrisa y su madre nos dejó a solas para que platiquemos. Era hermosa y tenía un aura de misterio en su mirada que terminó por dejarme con muchas ganas de verla más seguido. Comenzamos a frecuentarnos luego de eso, Doña Teresa estaba muy interesada en que la corteje, siempre nos dejaba a solas y propiciaba los lugares y momentos adecuados para que nazca algo entre nosotros y así fue. Una tarde en casa de una de sus primas que tenía un establo, montábamos a caballo, uno de ellos se encabritó cuando Amatista lo espoleó demasiado y la tiró. Corrí tras ella y la saqué del lodo, me dedicó una mirada tan profunda que la sentí bailar dentro de mí y me pareció ver sus ojos cambiar de color, luego la besé.

Su prima estaba riéndose tanto por la caída, que cuando nos besamos se quedó muda, en ese momento pensé que fue por la situación, que la sorprendió, luego descubrí que no fue por eso, sino por sus prejuicios.


Diogo era un niño despierto, vivaz y travieso como pocos niños, sin embargo era, en la gran mayoría de casos, un niño normal, jugaba y se reía, era cariñoso y tenía unos hoyuelos hermosos que se mostraban cada vez que reía, Amatista, mi esposa, vivía enamorada de él, lo cambiaba y vestía con mil trajes, lo disfrazaba y pasaba mucho tiempo con él, cuando viajo siempre se quedan solos en casa, ella se despide con alegría, esperando los regalos que le traigo de mis viajes, Diogo con amargura, me dedica una sonrisa forzada, siempre en la reja de casa, siempre gritando: «Hasta pronto papá, regresa pronto», casi como un ruego. Le duele que viaje tanto y a mí también, sobre todo con las cosas que había visto en él.

Una noche, fuimos invitados a la boda de la prima de Amatista, la del establo, de buena familia como ella. La fiesta iba a ser a toda pompa, contrató carruajes para que recojan a los invitados más distinguidos; entre ellos no estábamos nosotros, algunos de sus familiares miraban con mal ojo que se haya casado con alguien de origen tan humilde, sin embargo nos toleraban porque Amatista era generosa a la hora de entregar obsequios, para ganar su aprobación sospecho. En este caso, el regalo de su prima fue una réplica exquisita de los Huevos del Zar, unas joyas extraordinarias creadas por el famoso orfebre Carl Fabergé, el juego completo, incluyendo los que aún se saben desaparecidos creados en base a las descripciones de quienes alguna vez los vieron, ilustraciones y el talento del joyero a quien se lo encargó.

Para esa noche, contratamos a la hija de la señora que trae la leche para cuidar a Diogo, era una linda jovencita de catorce años, siempre bien cambiada y aseada, me recordaba un poco a mí. Así que fuimos a la fiesta, bebimos, bailamos y charlamos. Cerca de las cuatro de la mañana regresamos en un taxi a la casa. Para sorpresa mía, las luces de casa estaban encendidas, todas las luces, Amatista y yo nos miramos intrigados, corrimos a la casa y nos encontramos una escena algo extraña.

Nancy, la niña, estaba en la sala, despierta y muerta de miedo con un rosario en la mano. Sobre su regazo, la cabecita de Diogo perlada de sudor en un profundo sueño. Al vernos, Nancy se zafó delicadamente del niño y muy nerviosa tomó sus cosas, su chompita tejida y se precipitó a la salida, sonrojada.

Le hice una señal a Amatista para que se quede con Diogo y fui tras ella, la detuve del brazo, poco antes de salir de nuestra propiedad.

— ¡Eh, no has cobrado! —dije mientras sacaba mi cartera— ¿por qué tanto apuro, que pasó con las luces?

—Discúlpeme señor, no debí hacerlo. —su voz sonaba tan baja que casi no escuchaba lo que me decía.

—Cálmate Nancy, cuéntame que ha pasado —enjugó sus lágrimas y se recompuso.

—Es el niño señor, me ha dado un susto de muerte, estaba ya dormido cuando ha comenzado a tener pesadillas.

—Vaya, no sabía que Diogo sufría de pesadillas.

—Lo desperté con cariño y sobresaltado por el mal sueño dijo: «Él me obliga a decir cosas que no quiero decir, me hace hacer cosas malas» —repitió Nancy casi susurrando.

— ¿Dijo quién? —pregunté.

—No, sólo señaló hacia el pasillo oscuro, la escalera que da al ático está al fondo, usted sabe, al lado de su cuarto.

—Y por eso las luces y el rosario ¿verdad? —asintió con la cabeza avergonzada.

Le pagué el doble y salió casi huyendo.

Cuando volví dentro, Amatista preguntó qué había pasado, le contesté que eran cosas de gente ignorante, miedos a fantasmas y duendes —le mentí para no asustarla.

—Es una buena niña, no la juzgues por eso —dijo mientras llevaba a Diogo a su habitación.

A pesar de que nunca creí en cosas paranormales, quedé severamente afectado ante tal revelación « ¿estaba Diogo viendo fantasmas?» Ni siquiera creí que me hiciera esa pregunta.


Cuando fui a pedir la mano de Amatista, su madre preguntó si es que habíamos hablado del lugar de donde vinieron, le contesté que Amatista me contó que eran de aquí pero que vivían en provincia por el trabajo de su padre, hasta que este falleció y se regresaron a la capital.

— ¿No te contó nada más? —Dijo mientras traía una libreta llena de hojas—. Estuvimos algún tiempo en el interior del país, el crimen fue horrendo.

Me mostró recortes de diario y algunas fotografías que tenían cubiertas de papel, en ellas se veía una escena atroz, con charcos de sangre por doquier, pero sin cuerpo, en una se podía ver un pie, cercenado limpiamente.

—Mi esposo era muy supersticioso, creía ver fantasmas y solía decir que estaba maldito, fue de repente, unos años después del nacimiento de Amatista. Siempre tenía preparados sus papeles con la herencia y todas sus cuentas bien hechas. Decía que en cualquier momento vendrían a por él y que era mejor tener todo en orden para no pasar apuros legales y que su hija y yo estemos bien cuando se lo lleven. Nunca encontraron su cadáver completo, sólo su pie derecho, el de la foto, los forenses certificaron la muerte por la cantidad de sangre que había en el lugar.

—Lamento mucho oírlo Teresa.

—Descuida hijo, eso ya lo superamos, te preguntarás por qué te cuento esto —dijo mientras palmeaba mi rodilla—. Pues porque ella no lo hará y es importante que lo sepas, le afectó mucho la pérdida de su padre, ellos estaban muy unidos, tenían un vínculo especial. Cuando murió, Amatista dejó de ser ella misma. No fue hasta que salimos de ese lugar y llegamos aquí que comenzó a recuperarse, aunque al principio estaba igual pero un día despertó feliz, como si hubiera conseguido superarlo y tú hiciste mucho por ella, te agradezco de corazón por eso.

—Yo le agradezco su amabilidad y cariño Teresa, además de su sinceridad —nos dimos un largo abrazo— tienes mi bendición dijo.

Y así fue, Amatista jamás dijo una sola palabra sobre su padre ni hacía referencia a él, excepto en los días que su padre hubiera cumplido años, entonces se quedaba mirando por la ventana que daba al patio trasero durante horas, a veces incluso en las noches diciendo en voz baja lo que imagino era una plegaria. Nunca me atreví a preguntarle por eso, cuando lo intenté cambió de tema inmediatamente y entendí porque Teresa me contó lo de su papá.

Dos años después nació nuestro hijo, rosado, berreante, lleno de energía. Y le puso el nombre de su padre. Así de importante fue para ella.


Comenzaba la temporada de primavera y tenía que salir de viaje otra vez, tenía las maletas hechas y todo coordinado con mis socios. Amatista estaba radiante y hermosa, Diogo con su carita particularmente triste, bien cambiado y peinado. Bajé las escaleras con pereza, casi aferrándome a los pasos. Salimos los tres juntos por la puerta ancha y comenzamos a recorrer el camino de piedras que llevaba hacia las rejas de afuera. Le di un largo beso a mi esposa y levanté a Diogo en el aire.

—Pórtate bien como siempre. —le pedí mientras sacudía su cabello.

—Te extrañaré mucho amor, esta vez dejaré un delegado para olvidarme de esa región, lo haré con cada una para no tener que viajar tanto.

—Descuida, estaremos bien, encárgate de tu negocio. —masculló Amatista.

Salí por la reja y la cerré mientras esperaba un taxi. Y allí estaban, ella feliz como siempre, él, muy triste, preocupado como de costumbre. Llegó el taxi y me subí.

Bajé el vidrio de la ventana y Diogo gritó:

— ¡Adiós papá, te extrañaré!

El taxi siguió su camino mientras yo me preparaba para unas semanas sin ellos, sin mi familia.

Luego de diez minutos de viaje ya estaba extrañándolos y recordé las palabras de Diogo. «Adiós papá, te extrañaré»

« ¿Adiós? Diogo siempre dice hasta pronto» —comprendí.

— ¡Detenga el auto, lléveme de vuelta por favor!

— ¿Olvidó algo caballero?

Ignoré la pregunta porque la hacía mientras giraba en u.

Era un mal presagio lo sabía, no debía irme, iba a pasar, si me iba pasaría lo que Diogo me había profetizado hace tiempo, no podía estar seguro, pero presentía que así sería.

Un miedo extraño me invadió y estaba sudando, con el corazón a toda velocidad que me golpeaba el pecho.

«No iré hijo, no iré, me quedaré contigo siempre» —pensé para calmarme.

El taxi paró y le di un billete que cubría cuatro carreras como esa y le pedí que baje mis maletas, mientras yo entraba apresurado en casa para abrazar a mi familia.

Corrí tan rápido que me agité sobremanera, estaba con la adrenalina a tope, sentía que me había salvado, mi hijo era extraño, pero lo dijo para cuidarme, para advertirme, para evitarlo.

«Sólo quiere que esté con él» — ¡eso era!

Llegué chorreando sudor y entré en casa.

— Diogo, Amatista, ¡no me voy! —grité eufórico—. Me quedo aquí con ustedes.

Nadie salió a recibirme, la casa parecía vacía. Fui a la cocina, a la cochera, grité nuevamente, pero nadie respondía.

De pronto me pareció escuchar un grito lejano, masculino:

— ¡Él lo entiende!

Subí las escaleras a toda velocidad, Diogo no estaba en su cuarto, Amatista no estaba en el nuestro, de repente un ruido seco vino desde arriba, del ático como si algo pesado cayera.

— ¡Mierda, no puede ser! —inmediatamente vino a mí la cara de Nancy muerta de miedo.

«No, no puede ser, esas cosas no existen.»

Me paralicé.

« Pero son mi familia ¿y si son ellos los que están ahí arriba con esa cosa?»

No sé cuánto rato pasó, pero no lo dudé un segundo más y corrí hacia el ático. Abrí la puerta, tiré de la cuerda y cayó la escalera sin hacer ruido. Me trepé inmediatamente, estaba muy oscuro, a mis ojos les costaba adaptarse, comencé a buscar en la oscuridad mientras un escalofrío recorría mi espalda. Tropecé con algo, pero puse las manos para no caer al suelo, era Amatista, en las manos tenía lo que parecía ser una foto de mi hermano Manuel y una carta proveniente de España dirigida hacia ella, por lo poco que vi gracias a la poca luz que entraba por la escotilla, era de los hijos de Cecilia; quedé desconcertado. Traté de despertarla, pero estaba inconsciente, no entendía lo que estaba ocurriendo, no creía lo que estaba pasando.

Me puse de pie, Amatista no reaccionaba con nada.

— ¿Diogo? —pregunté a la oscuridad en un susurro.

No se oía nada, el maldito ático era enorme, mi vista se había adaptado, pero veía poco, principalmente con la visión periférica, difícil de enfocar. De pronto me apreció escuchar algo, casi inaudible.

— ¿Papá? —era una voz aguda, muy bajito.

— ¡Sí Diogo, soy yo, papá! —Grité aliviado— ¿dónde estás?

— Por favor no lo hagas, es un niño, dijiste que lo salvarías, papá te lo ruego… —no era Diogo quien hablaba, era Amatista intentando volver en sí—…no tiene visiones, fuiste tú papá, lo hiciste tú, lo manipulaste, me mentiste —parecía delirar.

Con un esfuerzo sobrehumano pudo levantar el rostro, tenía la cara manchada de algo que con tan poca luz me parecía negro, era sangre, corrí hacia ella y traté de despertarla nuevamente.

— ¿Qué está pasando Amatista? ¡Despierta! —volvió a cerrar los ojos y la dejé.

Comencé a correr por el ático, buscando a Diogo, gritando desesperado, no sé cómo podía moverme con el cuerpo lleno de ese miedo atroz en semejante oscuridad, entonces escuché un fuerte sonido, que venía detrás de mí, al girar, logré ver una silueta tambaleante que corría hacia mí, sentí como un relámpago entre los ojos y antes de quedar inconsciente, me pareció ver una pequeña figura a lo lejos…

…él lo entiende hija, tuve que salvarlo, funcionó conmigo….

…me salvé de ellos, el ritual me salvó…

…no podía dejar que se lo lleven...

Cuando abrí los ojos, Amatista estaba sacudiéndome con el rostro ensangrentado, casi lavado por el caudal de sus lágrimas. La tomé fuerte de los brazos, rabioso.

—Tú sabías que estaba vivo, que hacía aquí, ¡habla! —Grité desesperado.

Comencé a tantear en la oscuridad, tenía la visión borrosa, desorbitada aún, la cabeza me latía y la adrenalina me hacía temblar más que el miedo.

Mientras buscaba en la oscuridad a Diogo, sumida en un llanto espasmódico, Amatista hablaba.

—Él me dijo… me dijo que lo ayudaría, que lo liberaría de las visiones.

— ¡Aaaaah! —Grité desesperado—. ¡Carajo!

 Estaba fuera de mí, iracundo, asustado.

—Apareció de la nada, era mi padre, no había muerto como pensé —siguió Amatista, destrozada—, dijo que lo maldije con su nombre, que no debí ponérselo pero que él lo salvaría de ellos, que no te lo cuente porque si lo hacía no funcionaría, me mintió —dijo extendiendo la o hasta que su llanto apagó su voz.

En ese momento me topé con algo, era blando y  frío, al palparlo rompí en llanto.

Sumergido en un charco de sangre, su pequeño piecito derecho fue lo único que nos quedó de él.

No entendí su presagio, no era que yo moriría, era él quien se iría.

Jamás volvimos a ver a Diogo, a ninguno de los Diogos.


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2 comentarios sobre “Presagio: Desenlace

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