CMA: I

Silvana escuchaba atentamente cada una de las palabras de su paciente:

—…y pues doctora, mi padre era un hombre muy estricto y recto, yo aprendí de él que es necesario corregir a tiempo para formar un hombre de bien, él me lo enseñó y yo se lo enseñaré a mis hijos y a mi esposa.

—Fuiste muy sincero  Rubén, y como muestra de respeto y coherencia con mi filosofía, también yo seré sincera contigo.

Silvana levantó su libreta de notas, se acomodó las gafas con el dedo medio, tomó aire y continuó.

—Tu padre no era un hombre estricto, era una persona incapaz de controlar su temperamento, un hombre que creía que a los gritos se podía corregir a alguien, un golpeador, que mantuvo bajo una dictadura violenta un hogar donde nadie podía decir lo que sentía por temor a sus reacciones. Aprendiste de él que cuando alguien hace algo que no nos agrada el camino a seguir es la ira —Silvana cambió la página de su libreta tan rápido que la ráfaga de viento generada le agitó los cabellos—, los gritos y los golpes. Te engañas a ti mismo llamando rectitud al abuso y aún más creyendo que sus maltratos te hicieron una persona de bien…

El rostro de Rubén era una pintura, un Munch, y aunque estaban en sus bolsillos, los fantasmas de sus manos parecían estar a la altura de sus orejas, si mirabas con atención era imposible no ver la similitud de su rostro con el famoso cuadro del pintor, un grito sordo se dibujaba en su cara, Silvana continuó impasible.

—… pues no fue así, un hombre que justifica el abuso perpetrado con el abuso recibido no es una persona buena, es una persona enferma y es por eso que estás aquí hoy, y es por eso que te digo esto. Eres un abusador, un maltratador y tengo tus propias confesiones como prueba. Si no te denuncio es porque tengo un juramento profesional que respetar; pero tú deberías hacerlo —dijo Silvana mientras apuntaba con el dedo a Carmen, esposa de Rubén.

—Sí doctora, claro —decía Carmen moviendo la cabecita como un perrito de taxi.

—Estas son unas prácticas de diálogo sincero que deberán seguir a rajatabla mientras estén en casa —les alcanzó un file de documentos— los espero el martes quince para su nueva sesión.

—Gracias doctora, aquí estaremos. —Rubén se despidió dócilmente.

Después de cada paciente, Silvana se tomaba aproximadamente diez minutos para meditar, usaba un ejercicio de relajación que aprendió durante sus viajes por Asia junto a quien fuera el amor de su vida. Colocaba las manos, una sobre la otra en el estómago, inhalaba durante tres segundos, luego exhalaba lentamente durante diez segundos, esto en posición de loto y durante seis a diez minutos. Era una especie de purga mental para recibir a su próximo paciente.

El consultorio de Silvana no era cómodo para sus pacientes. Las sillas tenían una ligera inclinación, lo que hacía que las personas, sin darse cuenta, no puedan estar en una posición agradable durante mucho rato. La iluminación estaba colocada de manera que invite al paciente a mirar siempre hacia la dirección de Silvana para no lastimar su vista, además, Silvana tenía en su bolígrafo un botón que activaba un sonido similar al de una alarma que usaba para interrumpir una divagación extensa de sus pacientes. Entre estos y otros trucos mentales bien estructurados, Silvana conseguía que la estadía de las personas en su consultorio sea toda una experiencia. Silvana estaba estudiando el efecto de esta incomodidad, su hipótesis era similar a la que motiva su uso en las salas de interrogatorio, o tortura. Incomodar al interrogado propicia una confesión rápida. Silvana buscaba extraer esa sinceridad que permite sanar, esa verdad incómoda que libera a la persona y le ayuda verse como es para afrontar como un adulto sus problemas y sea capaz de sobreponerse a ellos.

Mirna tocó la puerta y abrió.

—Silvana, en quince minutos llega tu nuevo paciente. ¿Leíste su file?

— ¡Por supuesto! Pero de todas maneras le daré un repaso. Gracias muñeca —siempre la llamaba así, Mirna parecía en efecto una muñeca, alta, delgada pero curvilínea, una mujer preciosa.

—Mejor te ayudo a repasarlo, ¿te parece? —entró sin esperar respuesta, tomó el file del escritorio y se sentó a su lado.

—… Luis Carlos Drarte Muñoz —dijo Mirna con una voz sensual.

Silvana estaba distraída, con la mirada puesta en la nada cuando sintió que Mirna la tomaba por el mentón y la obligaba a mirarla.

— ¿Me estás escuchando? —le dijo con su mirada verde clavada en sus pupilas café—. ¿O te lo digo más de cerca?

Mirna acercó sus labios carnosos a su oído y siguió leyendo: Soltero, veintisiete años, músico…—su forma de leer tan suave provocaba un cosquilleo excitante en el cuerpo de Silvana.

— ¿Qué más? Sigue…—Silvana tenía toda su mitad izquierda erizada.

—…afirma sufrir de una depresión que se ha extendido más de dos años, debido a la pérdida de su novia… —los labios de Mirna rozaban levemente con su lóbulo. Luego lo chupó.

Silvana giró la cabeza zafándose de su boca, sólo para arrojarse sobre Mirna y besarla con todas sus ganas reprimidas…

— ¡Silvana!… —exclamó Mirna y Silvana volvió a la realidad—… ¿Leíste su file?

— ¡Oh! Sí muñeca, me distraje con otra cosa. Avísame cuando llegue por favor.

—Desde luego —Mirna cerró la puerta lentamente, su rostro manifestaba zozobra.

Silvana había tenido una experiencia lésbica durante su época universitaria, pero nada sexual, sólo besos, no le gustaron del todo, pero últimamente fantaseaba con Mirna con una frecuencia muy preocupante.

Mirna le avisó por el intercomunicador que Luis Carlos había llegado. Silvana le pidió que lo haga pasar. Su consultorio de tortura ya estaba a punto, las luces y demás artilugios listos para operar y seguir poniendo a prueba la hipótesis de Silvana.

Luis Carlos entró invitado por Mirna, este le agradeció y saludó con la mano tendida a Silvana.

—Silvana Praga, buenos días. Tome asiento por favor.

Cuando se trataba de la primera visita, Silvana llenaba el expediente con algunas preguntas típicas de médicos sobre conducta sexual, familiares con enfermedades, vicios y demás preguntas cuyas respuestas se esperan sinceras para que el trabajo del profesional de la salud sea lo más acertado posible. Luis Carlos mintió en dos de ellas.

Silvana le explicó en qué se basaba su filosofía de sinceridad y que si no se siente cómodo con sus palabras, es señal inequívoca de que la terapia va por buen camino, firmó un acuerdo de aceptación de terapia experimental y pudieron comenzar.

Luis Carlos contó a Silvana que había estado a punto de casarse con Mariana, su enamorada desde los doce años, Luis Carlos descubrió hace tres años que ella se comportaba rara. Un día fue a llevarle una sorpresa a su oficina, en complicidad con las compañeras de Mariana consiguió entrara a su oficina con un ramo de diez docenas de rosas rojas. Al entrar a su despacho, descubrió a Mariana con cara de placer sentada en su escritorio. Al verlo soltó un gritito de terror y quien fuera que estuviera debajo de su escritorio se asustó tanto que se pegó tremendo golpe en la cabeza; Luis Carlos lo supo tanto por el sonido como por el brinquito que dio el escritorio.

Mariana se puso de pie y se acomodó la falda para ir tras él. Luis Carlos salía presuroso, con los ojos inyectados de rabia e inundados de lágrimas. Las compañeras de trabajo de Mariana reían descaradamente al verlo pasar, luego callaban al verla pasar a ella.

Luis Carlos describió los minutos que pasó atrapado en el ascensor con Mariana como lo más liberador que le pasó en su vida.

Silvana escuchó todo atentamente, pero no pudo evitar encontrar similitudes entre la historia de Luis Carlos y la suya. Tomaba notas de rato en rato y tachaba algunas que se veían muy parecidas a su propia experiencia.

En resumen Luis Carlos sentía que no podía más con el peso del engaño. Sentía que seguía amando a Mariana y que despertaba todos los días luchando contra sí mismo, contra sus ganas de buscarla, de llamarla, intentando alejar de sí el deseo de abrazarla y besarla y hacerla suya como otros lo habían hecho. Deseando tener él lo que ella buscó en los demás. Enfrentándose valientemente a sus temores de hombre, borrando de su cabeza las imágenes mentales de ella siendo poseída por otros cuerpos. Pero ya no podía más y estaba perdiendo la batalla. Por eso estaba allí, en busca de refuerzos.

Silvana, fiel a su inhumana sinceridad comenzó a decirle todas las cosas que muchas veces uno sabe ciertas pero teme escuchar y aceptar.

Después de decir muchas cosas que Luis Carlos escuchaba atónito, Silvana terminó diciendo:

—… ten en cuenta Luis Carlos, que una persona no se enamora de otra, se enamora del concepto que tiene de la otra persona. Tú amas su recuerdo y las experiencias buenas que viviste con Mariana, no a quien es, sino a quien era. Quizá aceptar que no fuiste capaz de ser sincero con ella y escucharla, incluso satisfacerla propiciaron su engaño, de repente era su naturaleza o tú no estabas a la altura de lo que ella esperaba, quizá nunca lo estuviste y ella también se enamoró del concepto que tuvo de ti, uno que pudo haberse difuminado muy rápido. A los doce años la ilusión es muy fuerte. Ella amaba la ilusión de amor adolescente, una que destruiste con el abandono de tus estudios por tu mediocre carrera musical que nunca despegó, mientras ella se convertía en una profesional de prestigio y muy bien remunerada, quizá encontró en su jefe la admiración que tus cancioncitas románticas de amor púber ya no podían sostener. No fuiste suficiente y te cambió. Eso no es tu culpa, pero sí eres responsable.

El rostro de Luis Carlos era triste, miraba hacia el piso y sus lágrimas habían humedecido la alfombra.

Silvana tomó una caja de pañuelitos desechables y se la entregó diciendo:
—Las lágrimas son sanas, que nunca nadie te diga lo contrario.

Luis Carlos no dijo nada.

—Es más, yo también lloraría si al verme en el espejo de la verdad viera esa imagen tuya, llorando perdido por alguien que no dudó abrir las piernas incluso en su propia oficina para escapar de la falsa fantasía que le ofrecía su realidad a tu lado, imagino que no tuvo el valor de decírtelo a la cara, pensando que te derrumbarías, porque le pareces débil. ¿Se equivocó?… no lo creo. Sé que es duro de asimilar, pero así son las cosas; no puedes liberar a alguien sin romper antes sus cadenas, aunque te lleves parte de sus muñecas en el proceso.

Silvana respiró hondo y comenzó a llenar un formulario de ejercicios para la casa que incluía escribir sus pensamientos cada ocho horas y registrar el número de veces que le vienen pensamientos negativos sobre Mariana.

—Toma —extendió la mano con el formulario— te espero dentro de quince días, no olvides traer todas tus anotaciones.

Luis Carlos lo recibió sin decir palabra alguna, se secó las lágrimas y se puso de pie.

—Gracias por tu sinceridad Silvana.

—Puedes agendar la cita con Mirna, te veo entonces.

—Gracias. Hasta pronto —Dijo Luis Carlos y salió de la habitación, triste.

Silvana se quedó pensando en su sesión con Luis Carlos. Algo en su mente le hacía pensar que quizá todas esas cosas las dijo por su propia experiencia y no necesariamente por las de su paciente. Se puso en posición de loto y comenzó con sus ejercicios de respiración.


Quince días después, llegó el día de la cita de Luis Carlos, pero no llegó. Mirna le dijo que llamó a su teléfono pero sonaba apagado y quedó en intentar comunicarse. A Silvana no le sorprendió, no era el primer paciente que no podía tolerar verse en el espejo de la verdad y no sería el último. Estaba acostumbrada, su método era rudo, pero era eficaz, por algo era la terapeuta mejor pagada de la ciudad.

Una semana después, Silvana estaba en una sesión cuando sonó el intercomunicador. Lo ignoró.

Volvió a sonar y supo que era urgente, Mirna jamás la interrumpiría dos veces.

Entonces un sonido desde afuera que parecía una acalorada discusión le llamó la atención, estaba a punto de abrir la puerta cuando alguien entró intempestivamente, casi empujándola.

— ¡¿Qué pasa aquí?! —preguntó Silvana asustada.

Una señora de sesenta y tantos, con unas gafas de sol y rostro regordete le preguntó:

— ¿Es usted Silvana Praga? — la miró de pies a cabeza.

— Así es señora, por favor baje la voz —Silvana miró de reojo a sus pacientes e intentó salir del consultorio pero la señora se le puso delante.

— Soy Beatriz Muñoz, madre de Luis Carlos Drarte ¿Lo recuerda?

—Por supuesto, lo esperaba para su segunda sesión hace una semana y nunca apareció —Silvana se mostraba angustiada.

—Ni lo hará, porque está muerto —la frialdad de la noticia impactó a Silvana.

—…lamento mucho su pérdida…no sabía… —decía Silvana, sorprendida; hasta que fue interrumpida por Beatriz.

— Lo lamenta poco, Luca se suicidó el mismo día de su consulta. Usted lo mató. Quería que lo sepa. ¡Adiós! —Beatriz se giró, empujó a Mirna y salió.

Silvana cayó de rodillas, su cara era un Edvard Munch, esta vez sí que tenía las manos a la altura del rostro, pero el grito no era sordo, era estridente.

Y todo comenzó a desmoronarse…


¿Cómo afectará a la vida de Silvana este evento? ¿Se sentirá culpable? ¿o sabe que su trabajo tiene riesgos y los asume?
Descúbrelo en las siguientes entregas…

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