Presagio

…Primera parte

— ¿Ya llegaron tus hijos? 

La pregunta desconcertó a mi prima, no tanto porque se la hacía un pequeño de tres años con un tono extrañamente maduro, sino porque sus hijos vivían más de doce años en España. 

—Cecilia sólo atinó a dedicarle una sonrisa triste, volteó y se fue a servir un trago. Era prima de mi esposa y disfrutaba mucho de la bebida, demasiado diría. 

No fue entonces, sino casi un año después, un martes, dos días después de que Diogo cumpliera cuatro años, que comencé a darme cuenta de que algo no era normal en él, llegué de un viaje de trabajo, había traído muchos regalos, lo abracé fuerte y le pregunté qué le gustaría ser de grande. 

— ¿Grande? —dijo desconcertado. 

—Sí, ya sabes, cuándo seas adulto, como yo. 

— No te lo puedo decir papá. —dijo mientras me ponía su manita blanca en el hombro derecho, yo sonreí y le pregunté risueño: 

— ¿Y eso por qué? —mi mirada ya denotaba mucha curiosidad. 

—Porque no llegarás a verlo papá — respondió con una voz extraña y se fue corriendo a patear su nueva pelota. 

Me quedé sentado en el jardín, con el estómago hecho un nudo, me dejó perplejo, más por la forma de hablar tan adulta de Diogo que por lo que dijo. Su voz era la de un niño de cuatro años, pero su tono y su vocalización me dejaron sorprendido, cuando hablaba siempre lo hacía como un niño de cuatro años, pero cuando decía ese tipo de cosas, lo hacía como si estuviera en un teatro, verbalizando cada vocal y consonante casi a la perfección, una dicción prodigiosa, una que desconcertaba nada más oírla y si además prestábamos atención al contenido de ese tono de voz, al mensaje, erizaba los pelos. Si no fuera porque los hijos de mi cuñada llegaron de sorpresa al día siguiente de la fiesta en que Diogo le preguntó por ellos, sólo me hubiera sorprendido, no me hubiera preocupado. 


Aún hoy me dedico al comercio, llevo desde los quince años en el mundo de la venta, comencé con revistas para amas de casa, de esas que hablan de chismes de la farándula, recetas extraordinarias, trucos de limpieza y manualidades, muy cotizadas por eso, pero un boom por las que yo denominaba micro novelas, historia de amor y pasión que se contaban usualmente en dos partes dentro del mismo número, y si eran muy grandes, se continuaban en el número de la siguiente semana. Cuando era niño leía de estas cuando mi mamá las terminaba. Descubrí que se podía hacer negocio con ellas cuando por accidente dejé una de ellas en mi mochila y en el colegio la maestra la encontró, dijo que no podía traer ese tipo de lectura al colegio, que eran cosa de adultos, luego le dije que eran de mi madre y que por error había terminado en mi mochila y me preguntó si se la podía quedar, al ver mi cara de duda, me ofreció comprármela por un precio razonable, accedí. 

Llegué a casa y le di el dinero a mamá, si algo aprendí de ella es que todo tiene dueño y hasta que no se nos ofrezca como paga u obsequio, debíamos devolver las cosas a su propietario. Le conté el tema de la revista y recibí una reprimenda, pero aprendí lo del comercio. Con el tiempo me hice amigo del señor que dejaba las revistas en casa, hablábamos sobre las historias y sobre qué nuevas revistas iba a traer hasta que cierta vez dijo que si no fuera porque ya estaba viejo, atendería también la zona del hotel, rodeado por casitas burguesas, llenas de amas de casa aburridas con maridos pudientes y desentendidos, así que le dije que yo podía ayudarle, prácticamente estaba terminando la escuela y podría comenzar a ayudar en casa. 

A papá no lo conocí y Manuel, mi hermano mayor, había fallecido hace poco en circunstancias terribles, mamá se quedó con lo poco que mi hermano, quien mantenía el hogar, había dejado y comenzó a ofrecer sus delicias horneadas a vecinos y conocidos para mantener la casa, cuando le conté a mamá lo que quería hacer, aceptó con tristeza. 


Una de las mañanas de otoño en las que aprovechaba para pasar tiempo con mi familia, estaba trabajando en la cochera, mi auto favorito había estado haciendo algunos sonidos extraños, así que quise revisarlo a detalle para anotar cada uno de los síntomas del vehículo de manera que cuando lo lleve al taller mecánico, pueda explicarle al técnico los hallazgos y tenga una idea más clara de lo que tiene el vehículo. 

Estaba en esas cuando Diogo entró con una sonrisa extraña, había estado ayudando a mamá a hornear unas galletas y vino a decirme que si quería las mías con chispas de chocolate o con frutos secos. 

Yo estaba más concentrado en el vehículo que en lo que me decía, así que no entendí bien lo que dijo, le pedí que lo repita y así lo hizo, pero nuevamente no escuché. Lo dijo por tercera vez ya ofuscado pero no le entendí bien porque estaba haciendo un sonido extraño. Preocupado salí del vehículo para verlo y comenzó a hacer unas muecas extrañas, mientras intentaba hablar, ponía el cuello a un lado y hacía esfuerzos por que sus palabras no se entiendan y me dio risa su gracia. Luego puso la cabeza del otro lado con los labios apretándose uno contra otro, esta vez ya no dijo mucho pero ya no me pareció tan gracioso, terminó y me miró con una sonrisa inocente, esperando que le riera la ocurrencia, le dediqué una sonrisa perezosa mientras volvía al auto, para que no se sienta mal. 

Luego se colocó delante del vehículo y siguió, apretó los labios con tanta fuerza que pensé que se los iba a morder, lo miré extrañado, luego los entreabrió con un gesto de dolor tan verídico que comencé a salir del auto, se me atoró el seguro de la puerta e intentaba sacarlo mientras Diogo ponía caras cada vez más sufridas y se dejó caer al suelo, estirando su cuello y sus pies todo lo que podía mientras lanzaba unos sonidos guturales extraños, respiré hondo y me concentré en abrir la puerta del auto, asustado pensando que estaba sufriendo algún ataque de epilepsia, cuando lo conseguí, salí a toda velocidad del carro y corrí hacia él que seguía haciendo lo mismo, cuando le vi la cara, tenía una sonrisa traviesa, lo levanté y lo sacudí un poco para que reaccione. 

— ¡Que pasa hijo! Eso no es gracioso. 

—Es como el hombre papá, como el hombre —explicó con sus manitos abiertas en palma. 

— ¿Qué hombre, de quién hablas? 

—El alto, de ojos azules.  Me dijo que era tu hermano, le gustan tus corbatas, dice que la suya casi se rompe —habló con su dicción perfecta como aprendida y ensayada mil veces. 

En ese momento lo entendí todo, se me salió un grito ahogado y me llevé las manos a la cabeza. Por supuesto, eran las muecas y gestos que hace un ahorcado, un suicida, como Manuel.  

Ya sabía que mi hijo era extraño, ahora me pareció siniestro y me asustó el mensaje que me dio hace tiempo. 


Cuando le conté al señor German que mamá me daba permiso para trabajar, se emocionó e inmediatamente nos pusimos con ello, me instruyó en cómo presentarme, siempre amable y gracioso y además me dijo que siempre debía leer las historias de las revistas tal y como hacía él para poder conversar con las clientas, me dio otros consejos y estuve preparado. 

Así fue como comencé a visitar los barrios burgueses de la ciudad. Mamá me tenía lista la ropa del día, luego del desayuno, siempre un pantalón color caqui, pero las camisas iban cambiando cada día, siempre planchadas y almidonadas, mamá decía que no importa cuán pobre sea uno, la limpieza y el orden no cuestan más que la voluntad de hacerlo. Así salía, revistas bajo el sobaco, impecable a tocar las puertas de las casas grandes y bonitas. 

Después de tocar cada timbre, daba igual cuántas veces lo hubiera hecho antes, las ansias me devoraban las tripas, hasta que se abría la puerta y todo pasaba, casi siempre salía alguna mujer de las que servían en casa y otras veces aparecía la misma dueña, yo siempre hablaba antes de que pregunten para que las ansias no me traicionen:  

—Buen día tenga señora mía, mi nombre es Raúl y traigo bajo el brazo novedosos textos y revistas que una bella dama como usted encontrará sumamente útiles y entretenidas. Desde cómo preparar deliciosos postres hasta historias de romances exóticos y atrevidos —iba diciendo mientras, pasaba hoja tras hoja hábilmente—. Puedo traérselas semanalmente por el módico precio de su sonrisa, y si desea quedárselas, cada una veinte centavos. Además, por la suscripción semanal se lleva gratuitamente el placer de mi visita. ¿Cuál es su nombre para anotarla en mi libreta? —esto lo decía justo mientras terminaba de pasar la última hoja de la revista que mostraba, todo perfectamente cronometrado. Rara vez recibía un desprecio, era pobre, pero bien parecido y muy locuaz. 

Luego de tres años sin novedades, la señora Amanda, esposa de quien era embajador de algún país que no me molesté en preguntar, se mudaba de vuelta a su tierra, me dio pena porque era buena cliente, se despidió de mi con gran cariño y me dejó de obsequio un juego de corbatas que había recibido su esposo como obsequio pero que nunca usó, todas del mismo diseño pero de diferentes colores, elegantes y finas, al entregármelas dijo: «Toma Raulito, con esto si no consigues más clientas, consigues novia.» Nos reímos juntos, me pellizcó la mejilla que ya estaba cubierta con un bello negro corto pero tupido y partió. 


Desde lo de Diogo y las muecas, quedé muy preocupado, era evidente que sabía algo o que alguien le hablaba, le pregunté a Amatista si es que han visitado a algún primo mío o si vino alguien a verlos. Además de ella, sólo mi familia sabía lo de Manuel. Respondió que no. 

— ¿Por qué lo preguntas? —dijo con una ceja arriba. 

—Nada importante, hace tiempo que no los visitamos, sólo eso. 

—Cuando desees vamos, a veces nos aburrimos en casa los dos solos. 

Amatista era una dama, alta y hermosa como su madre, pero nunca fue pedante ni maleducada, casi siempre como Teresa, amable y políticamente correcta, aunque mantenía esa aura misteriosa que me enamoró, una mirada penetrante cuando quería, hipnótica a veces, sobre todo en la intimidad. 

Una tarde salí a jugar al jardín con Diogo, estaba tan normal, que casi se me había olvidado sus cosas extrañas. 

Mientras nos lanzábamos la pelota, le pregunté cómo estaba, si recordaba lo de la cochera. Dijo que no, que no, con las manitos y la cabeza, hablaba como un niño de cinco años, nada que ver como el tono que usa cuando se pone raro. Jugamos buena parte de la tarde mientras Amatista limpiaba la casa, nunca quiso tener servidumbre a pesar de que podríamos pagar un pelotón de mucamas, decía que no había nada más valioso que la privacidad. Luego Diogo y yo nos fuimos a por un helado. 

Le avisé a mi esposa y ella se despidió con la mano. 

— ¡Hasta pronto! —gritó Diogo, mientras yo hacía lo mismo que ella. 

Cuando llegamos a la heladería, el sol aún relucía en el cielo, entramos y Diogo eligió entusiasmado el helado más grande de la carta, cuando llegó a la mesa era incluso más grande que su cabeza. 

Me miró con sus ojitos brillantes e inocentes, quien diría que hace un año me había lanzado tan siniestro presagio, cuando estaba así, feliz, sólo atinaba a pensar que estaba yo loco, Amatista nunca me había dado señales de que Diogo se portara así con ella, además no quería asustarla, pero no había forma que sepa lo de Manuel, no creo que ella se lo hubiera contado, es muy pequeño.  

Diogo tardó mucho pero no quería dejar su helado, estaba derretido y parecía una sopa tornasol, tuve que convencerlo de que volveríamos mañana e intentaría terminarse otro igual para que salga contento. Afuera estaba casi oscuro y refrescaba así que le pregunté si tenía frío, asintió y le puse encima mi chaqueta, le abrí la puerta del auto, subió, le acomodé el cinturón y cerré para entrar por la puerta del piloto, al sentarme se me quedó viendo. Y le pregunté extrañado: 

— ¿Qué sucede? 

Sonrió dulcemente y puso unos ojos tan sinceros que me conmovieron. 

—Eres el mejor papá que he tenido nunca —dijo con su vocecita normal, la de niño. 

—Soy el único papá que has tenido —respondí casi riéndome. 

—Sí, eso mismo dijeron mis otros papás —nuevamente con una dicción perfecta y un tono casi robótico. 

Conduje rápido hasta la casa, me incomodó su presencia en el vehículo, al llegar estacioné rápidamente y bajamos. Al entrar a la cocina, pregunté a Amatista si le había pasado algo extraño con Diogo cuando estaban solos en casa, dijo que no. Luego le pregunté si le había hablado de Manuel, mi hermano y dijo que no, que ni se le hubiera ocurrido. 

— ¿Por qué me preguntas eso? —interrumpió preocupada. 

—Por nada, me ha parecido que lo ha mencionado en la heladería —mentí.  


¿Qué estará pasando con Diogo?

… descúbrelo en la siguiente entrega.

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