La mirada del nudo

Te despertaste antes, robándole la tarea al aparato. Pediste trabajar en navidad para menguar el desamparo que crece mágicamente en esta fecha. Te quedan tres horas para entrar y te sientes con energías para ganar una maratón, así que decides salir a correr, a dar unas vueltas en el parque. Ejercitarte a diario es clave, si detectaras fatiga muscular o falta de coordinación, no podrías atribuirlo al sedentarismo. La noche estaba fresca, la calle rebosante de personas apuradas que se volvieron obstáculos entretenidos entre vuelta y vuelta. Recuerdas tus navidades tempranas, llenas de ilusión, preparándote para la misa de gallo que duraba una eternidad y a la que tu abuela te obligaba a llegar temprano. Siempre adelante, bien vestidas y perfumadas para que el señor las oiga, para pedir por mamá, sentadita en su silla de ruedas, con la mirada viva, atrapada en un cuerpo que se había vuelto contra sí mismo. No entendías por qué la iglesia era uno de esos pocos lugares que se van llenando de atrás hacia adelante, como si la gente tuviera vergüenza de estar cerca de dios.

Regresas. Subes despacio las escaleras, de dos en dos y aprovechas para estirarte. Desnuda bajo el chorro de agua fría de la ducha, inspeccionas tu cuerpo, buscas todos los días señales de luxaciones, articulaciones torcidas o contraídas y te olvidas de verte. Hoy lo haces, palpas tus senos pequeños, sólidos, tu abdomen plano y tu pubis abultado, hurgas debajo del vello la calidez de tu vulva, sientes el chispazo de placer y lo persigues aprovechando que tus extremidades aún aceptan tu voluntad. Sales renovada del baño, te vistes con paciencia y te perfumas, como si fueras a misa con tu abuelita, lo haces sin pensar, manejada por la memoria muscular o la nostalgia. Consultas el reloj, son las diez y media, partes con apuro y llegas a tiempo. Ingresas al edificio y ya estás rodeada por destellos verdes, amarillos y rojos. Ni bien pones un pie en la plataforma, como salido del éter, Jordi busca tu abrazo con el rostro estirado en una sonrisa coqueta, habitual en él. «En España ya es navidad niña, y yo me muevo con los horarios de la madre patria», dice casi gritando, con pluma y ese acento andaluz que se come las eses y que achea las tes. Te abraza y su segundo remolino te queda en la mejilla, se te escarapela la piel, siempre se te hizo raro, pero él lo llevaba con naturalidad, casi pegado a la patilla, lo hacía ver como despeinado, excéntrico. Tú imaginabas que eran los vestigios de un gemelo evanescente y de ahí provenía tu desagrado. «No tengo datos suficientes, pero se me ocurrió que los vestigios del sistema inmunitario de un gemelo parásito, llegada cierta edad, puede atacar al del gemelo nacido, iniciando así la degeneración del sistema nervioso». Recordaste con la piel chinita las palabras de aquel médico, asqueada en vano, como si fuera contagioso.

Comes de a poquitos ya sentada en tu lugar. Con los aparatos puestos en las orejas, esperas que entre una llamada, pero es noche buena ¿a quién se le ocurriría llamar? El sonido monoaural de las lucecitas navideñas, tan ochentero, taladra tus oídos y tu memoria y se cuelan por ese agujero miradas que odias, miradas que detestas, como la del perro, tendido allí a un lado de la calle, con las parte trasera molida, arrastrándose agónicamente con las patas de adelante y que soltaba un llanto más de autocompasión que de dolor; te liberaste de la mano de mamá y corriste hacia él, ella te gritó enérgica que te detengas pero no hubo manera. Cuando estuviste a su lado intentó morderte, pero fue sólo miedo, lo supiste. Le pasaste tu manita suave sobre su cabeza, colocó el hocico sobre el piso y te miró, con aquellos ojos que ahora odias: brillantes, palpitantes y llenos de ruego. ¿Aló? Una voz te arrastra al presente y aun digiriendo la rabia respondes: Buenas noches, bienvenido a TelCom Star ¿en qué puedo ayudarle?…Silencio. Esperas con paciencia, luego de muchos segundos, insistes ¿Buenas noches?… Suena una voz tímida detrás del teléfono y por fin vocaliza. ¿E-es el teléfono contra e-el suicidio? Ahogas la risa, como si no supiera el número al que está marcando, luego abandonas el juego. Así es señor, mi nombre es Roya. Olvidas el protocolo, te diviertes. ¿Cuál es el suyo?… ¿Ha tenido pensamientos suicidas? … ¿Lo ha intentado ya?… ¡Sí! la respuesta le sale como urgente. Intenté co-colgarme, pero rompí la soga y de-decidí llamar, responde tartajeando. Eso debe ser porque estás muy gordo…Silencio. Levantas la mirada por encima del cubículo, todos están comiendo en la sala de descanso, te alegras, puedes seguir. Disculpa, no me dijiste tu nombre, hablas como si nada. Mejor para la próxima te lanzas de un edificio, dices medio en broma. Respiración. Cuelgan.

Vuelve a tu mente la mirada aquella, la otra, no la del perro y te estremece. Te endereza la razón y descubres que estás atemorizada por lo que hiciste. Sabes que graban las llamadas, se te contrae el estómago y tu cena libre de gluten se abre paso a través de tu tráquea exigiendo salir de ti, como si sintiera asco de formar parte tuyo. Huyes sin dar explicaciones pero nadie te detiene. Son gajes del oficio.

Saliste del edificio justo a la hora del abrazo, el cielo refulgía de luces de pólvora y truenos artificiales, los perros huían buscando refugio ante la batería de artillería que atacaba sus oídos, y otra vez, los ojos. Entendiste al perro molido cuando fue mamá la que te miró así. Enredada sobre sí misma, no caminaba hace años y no hablaba hace meses pero hasta entonces nunca te miró así. Sin embargo, luego de aquella cena navideña en la que había perdido la capacidad de deglutir y casi se había ahogado, lo hizo por primera vez y, ante esto, la viste como en las caricaturas, como si el fantasma del perro se sobrepusiera en su rostro en una amalgama translúcida que fusionaba ambos rostros, mezclando sus facciones; aquel hocico con su boca chueca, largas orejas peludas con las suyas pequeñas, pero los ojos eran los mismos, los mismos ojos que pedían lo mismo; había cambiado de bando la traidora y cuando lo entendiste te inundó, magmática, la ira.

Al abandonar tu hogar, todos te juzgaron, tu abuela sujetaba tus muñecas, rogando que te quedes, luego te abofeteó dos veces, su mano huesuda hizo más daño en el alma que en la piel, pero soportaste y te fuiste aun sabiendo que dejabas atrás motivos para que te odien y difamen, porque no sabrían tus motivos, porque a nadie más miró así tu madre, porque nadie más lo entendería. Y aunque todos piensen que huiste cual cobarde, te fuiste por temor a que las miradas te convencieran de hacer aquello que imploraba su rostro mudo con ojos locuaces. Tu piedad por ella era pigmea comparada con el titánico amor que le tenías. No se iría por tu mano. Eras un diente de león y su mirada un soplido insoportable que te destruía.

Sigues corriendo para llegar a casa, las ventanas de los edificios brillan en mil colores, propios y reflejados. Los niños corretean con chispas en las manos, dibujando formas efímeras que se les marcan en la retina. Te alegra poder correr, no sabes cuándo te va a tocar a ti ser el nudo. Te diriges por un pasaje que nunca tomas porque anda lleno de vendedores ambulantes, pero a esta hora es transitable. Una calle abajo, reparas en que la gente está reunida, notas un ajetreo incoherente con la fiesta y el jolgorio, te abres paso entre la muchedumbre y te recibe un charco de sangre que rodea casi simétricamente un cuerpo regordete, descalzo con el cráneo achatado y con el cuerpo aplastado. Se te heló la piel y temblaste sobrecogida ante la escena, descartaste que el temblor sea síntoma de aquello que te acecha en los genes, esperando su turno para destruirte. Corriste a ese cuartito en el que dormías, echaste llave y todos los seguros. Baldía como te sentías, ni siquiera intentase dormir, esperando a que la policía tire la puerta y te arrastre hacia una celda. Ya leías los titulares:
 «Broma macabra: Voluntaria del teléfono contra el suicidio, induce a una persona a saltar de edificio».

Pasaron dos días y quien vino a visitarte fue la culpa, afilada y poderosa, se sumó a la soledad que ya habitaba tu vacío. Cuando descubriste que no sería pasajera sino residente, corriste al espejo, al verte en él, tu rostro macilento se fundió con los del perro y tu madre, fusionando rasgos y colores pero compartiendo pupila, cristalino y córneas, compartiendo aquella mirada que sostuviste…

Supiste inmediatamente lo que tenías que hacer. Escribiste esta carta dirigida a ti misma, que serviría como testimonio y recordatorio de tu decisión.

Al día siguiente volviste a tu casa, a salvar a mamá.


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