Niño Pequeño

«Sólo los idiotas creen en la realidad del mundo, lo real es inmundo y hay que soportarlo.»

Jacques Lacan

1 de 3

Eran las ocho menos cuarto. Despertó con ese desasosiego que te deja el sentirte desubicado en espacio y tiempo, echó un vistazo a la habitación, era impecable, ordenada y aseada con un escrúpulo insano, el tibio calor de la cama le impedía abandonar su sitio, pero el dulce olor del alimento recién preparado que inundaba sus sentidos era motivación suficiente para ir en su búsqueda y enfrentar la fría mañana. Raudo se colocó los pantalones y con el pecho al descubierto salió de la habitación, caminó a lo largo del pasadizo mientras la piel se le escarapelaba por el frescor de la brisa diurna. Cuando entró en la cocina los vapores de la comida despertaron su apetito rápidamente, se sentó y se dedicó a esperar a que le fuera servido el desayuno, mientras esperaba aprovechó para estudiar más de cerca a su anfitriona, una mujer seria y apasionada. Observó su cabello lacio y negro, la forma en la que se entreabría las hebras a la altura de su rostro como dos cortinas de teatro dejando paso al espectáculo del día, unos ojos de ónice brillantes, concentrados, elegantes, tristes. Las prendas que llevaba encima presumían colores vivos e imposibles, estaban mal puestas, se notaba que no llevaba nada más debajo, él no lo sabía,  pero estaban así a propósito.

Cuando entró en cuenta que la abertura a la altura del busto dejaba ver más piel de lo normal, una sensación eléctrica despertó el deseo en su entrepierna y se dedicó a esperar mientras los recuerdos y la imaginación promovían la libido.

Cuando ella terminó de servir la mesa, se acercó a él para entregarle la servilleta, inclinada como estaba, el níveo tono de su pecho, coronado por un pezón rosa pálido se mostró ante su rostro, él la tomó tranquilamente por el antebrazo y la acercó hacia sí, puso su boca cerca de su oreja y susurró algo que la hizo sonrojar, ella se incorporó inmediatamente, le dio la espalda y dejó caer su ropa, la suave seda se deslizó por su espalda y su cuerpo entero reaccionó. Enjugaba las lágrimas que corrían por su mejilla mientras sacudía los pies para liberarse de la tela que bailaba en sus talones.

Ella nunca tuvo hijos a los que dedicarles tiempo y atención, su única compañía fue quien fuera su marido y ese calor infernal que la llenaba de pies a cabeza exigiéndole placer a su cuerpo. Con todo esto pasando bajo su piel, la única forma de contrarrestar las emociones que encontraba indignas en una mujer, era llevar el rol de “mujer decente” al extremo, mantenía el hogar pulcro como un monasterio, perfeccionó las artes de la cocina y atendía a su esposo con un esmero desbocado, cada día como si fuera el último de su vida, ya sea la de él o la suya, daba igual.

Una mañana como la de hoy casi a la misma hora, su hombre cargaba con lo básico y partía, se había enlistado en el ejército y no volvería jamás, sin previo aviso, el último día de su vida había llegado, se fue para morir en la guerra, aquella mañana ella no hizo nada fuera de lo usual.

Con los años, sus ahorros y el costo de vida crecían de manera inversamente proporcional, para cuando se dio cuenta, sólo tenía para vivir una semana más, llena de miedo salió a beberse los últimos centavos que tenía, no pensaba volver.

Eran las siete y media de la mañana, despertó con ese desasosiego que te deja el sentirte desubicado en espacio y tiempo, echó un vistazo a la habitación, era impecable, ordenada y aseada con un escrúpulo insano, se sintió orgullosa de que pese al estado en el que hubiera llegado anoche, su pulcritud no se había visto menguada, se mostró indiferente con el individuo que yacía en su lecho, se colocó la ropa como bien pudo, no le importaba ya si se veía bien y fue a la cocina y comenzó a hacer lo que mejor sabía hacer, cocinar y ser una mujer de ejemplo, necesitaba lavar su culpa. Quince minutos después se asomó el hombre que la había hecho suya anoche, ella no se inmutó y continuó concentrada en su trabajo, puso la mesa como siempre hacía, con todo en su sitio, limpio y ordenado, una vez terminó, tomó la servilleta y se dispuso a ponerla sobre el regazo del hombre cuando sin saber por qué, este la tomó por el antebrazo, sintió su aliento frío acercarse a su oreja, ella escuchó con atención cada palabra, «ponte de pie y voltéate, te pagaré el doble de lo que cobran en la calle». La parte de ella que ardía de deseos funcionó por inercia y obedeció, la parte de ella que amaba a su esposo lloró y su parte racional la hizo entender que esta sería su forma de vida de ahora en adelante, que esas ansias incontrolables por el placer físico la habían llevado a esa situación, sacudía sus pies liberándolos de la prenda que había recorrido su espalda encendiéndola en un fuego interno que clamaba por ser extinguido, a la vez que se secaba del rostro las lágrimas de vergüenza. El remordimiento y una sensación extraña por la dignidad perdida inundaban su cabeza, supo que anoche se entregó por y para el placer, pero esta vez sería distinto, esta vez sería por supervivencia, por comer un día más, por vivir un día más.

Indecisa como estaba se quedó de pie, desnuda y vulnerable mientras mil y un pensamientos, dudas y temores se paseaban en su cabeza inmovilizándola. Y así,  siendo las ocho con quince, tanto ella como su acompañante, su amante, desaparecieron de la faz de la tierra en una fracción de segundo, una fuerza inimaginable, desconocida y letal impidió que el amante pueda convertirse en cliente.

2 de 3

Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Ensayaba las combinaciones de golpes, no estaba seguro de si era mejor una combinación de puños directos a la parte superior y terminar rápido o si en cambio, trabajaría el tracto inferior debilitando a su rival para que la humillación sea mayor. Asomaban ya los primeros rayos de luz cuando había terminado su preparación física para el pacto pugilístico de hoy. Acudió a la orilla del canal de irrigación que pasaba detrás de su casa y lavó el sudor del cuerpo y el rostro, secó sus brazos y torso con su camisa vieja y entró a desayunar. El alimento, aunque escueto, era nutritivo y sabroso, acabó con él rápidamente mientras en su mente trataba de proyectar los hechos. Su estrategia era simple pero confiaba en ella. Nada más encontrarse y empezar el combate, adelantaría sus movimientos aprovechando su mayor alcance debido a su altura, había decidido durante el desayuno que la vergüenza sería la mayor lección para su rival y para los demás que quisieran seguir metiéndose con él así que castigaría el estómago y el hígado de su enemigo con golpes rápidos y patadas, cuando la paliza hubiera debilitado a su contrincante, daría la vuelta con un movimiento rápido de pies bien coordinado y lo tomaría del cuello con un brazo y pondría su puño en el espinazo levantándolo hasta que las puntillas de los pies levanten el polvo del patio y gritaría al público espectador ¡¿Alguien más? ¿Quién quiere ser el siguiente, quién?! mientras, miraría sus caras de miedo delatando su victoria, así nadie más lo fastidiaría otra vez.

Salió de casa sin decir adiós, dejando el plato vacío y la mesa desordenada, sentía las ansias que le comían las tripas y el miedo le enfriaba las venas, corrió para entrar en calor, esquivó una mula que venía cargada con forraje y dobló la esquina para tomar el camino bajo que lo llevaba al patio abandonado de la escuela que estaba frente al edificio de la cúpula. Aceleró el paso pues a lo lejos sonaba la sirena de la renovada planta industrial, donde un magnate se había empecinado en construir y vender autos, el sonido indicaba que eran las ocho de la mañana y ya era tarde para su contienda.

Cuando llegó notó que habían entre veinte o treinta pequeños observando, algunos cargaban las herramientas que usarían para sus trabajos de demolición preventiva, otros cargaban las bolsas con cuadernos para la escuela y unos pocos tenían las manos vacías, entre ellos estaba quien le había citado, sin camisa y el pantalón atado a la altura del ombligo con un cinto de tela rojo, se mostraba desafiante y lleno de una rabia animal y desesperada. Al ponerle la vista encima se mostró confiado, irguió su columna manifestando sus diez centímetros de ventaja en altura, soltó la bolsa y se tragó su miedo. La gente comenzó a abuchearlo, sabía que no era el favorito, pero eso cambiaría cuando le dé la paliza de su vida al mequetrefe que se resistió a su poder. Nadie, absolutamente nadie hasta ese momento había dicho nada cuando tomaba lo que quería de quien quería, ni el niño del que tomó el caballo que le regaló su padre, una pieza tallada a mano y pintada con el amor paternal de quien se va sin esperanzas de volver y mucho menos la niña que le dejaba besarla en los labios cada vez que le daba la gana, poniendo ella mucho empeño en la tarea, más por miedo que por placer ¿y va a venir un muñeco mal hecho a desafiarlo abiertamente por empujar a su hermanita fea? no, le iba a dar una lección, una muy dura.

El enano se le puso delante e hizo un amago de estancia de combate cuerpo a cuerpo muy extraña, quien lo viera sabría al instante que iba a perder, él se acercó rápidamente con intención darle un gancho al hígado, según había planeado, pero su rival se le echó encima con el cuerpo inclinado hacia adelante y los ojos derramando lágrimas desesperadas y furiosas, esquivó con el torso y lo tomó del cuello con el brazo totalmente estirado, los intentos del retador era inútiles, por más que sacudía los brazos con las manos apretadas en puños torpes no lograba conectar un solo golpe. Así, mientras su cara mostraba asco y desprecio, reía por dentro saboreando su victoria. Estaba presto a humillar al héroe fracasado cuando un fuerte sonido seco le asustó, giró rápidamente la cabeza para ver de qué se trataba, junto con él, las más de dos docenas de jovenzuelos en total silencio y con el rostro sorprendido se quedaron mirando hacia la parte trasera del patio, donde un niño con el rostro enjuto y bañado en lágrimas sostenía con ambas manos una humeante Nambu tipo 14, con respiraciones profundas y rápidas intentaba cargar el arma nuevamente sin mucha habilidad.

Reconoció inmediatamente esa cara llena de pena y odio, era el niño del caballo, tocó su pecho en busca de la herida, pues  sabía que él había sido el blanco pero por fortuna no encontró nada. Vio que otros niños corrían hacia el del caballo para quitarle el arma, esperaría para darle también su merecido, pero al reponerse se dio cuenta que no le estaban quitando el arma, estaban ayudándole a recargarla, entonces, con la adrenalina que corría por su cuerpo huyó a toda velocidad, se metió en el edificio de la cúpula ante la mirada atónita de los trabajadores, el pánico le hizo trastabillar y lo detuvo una puerta, la empujó y bajó por unas escaleras angostas que habían allí, caminó por un pasadizo lleno de andamios y se escondió, la cabeza le estallaba y el mundo parecía muy muy lejano, un hormigueo extraño le hizo llevarse la mano a la pierna que la sentía helada, al regresarla, estaba bañada en sangre, rompió el pantalón allí donde hubo encontrado el agujero y el corazón le dio un vuelco de terror al ver lo que sucedía, sentía en su pecho un tronar como tambores de guerra, su mente se sentía densa y pesada, escuchó el tropel de ruido causado por sus perseguidores sobre su cabeza, entonces se puso en posición fetal y se cubrió la cabeza con los brazos y rodillas esperando su destino mientras el sonido de la turba se hacía cada vez mayor, de fondo sonaba la última sirena de la planta señalando las ocho y cuarto, luego escuchó nuevamente un estallido, el mundo entero tembló a su alrededor, sabía lo que había pasado y aceptó su destino, que estrepitosa suena la muerte se dijo.

Cuando descubrió que no había muerto abrió los ojos, parecía que algo horrible había sucedido, se levantó como pudo y subió las escaleras, sentía que perdería el conocimiento en cualquier momento, cuando llegó arriba, empujó la puerta pero el edificio de la cúpula parecía destruido, giró para ver alrededor, no había nada, en una de las paredes, pintadas con un hollín extraño se mostraban las siluetas perfectas de quienes lo perseguían, como sombras  que seguían en su búsqueda, una mancha siniestra, casi viva que lo aterrorizó, al girar hacia otro lado con desesperación, vio fantasmas sin piel que caminaban hacia él, se le soltó el vientre bajo los pantalones, venían a llevárselo al infierno para pagar todas sus maldades ¿o era que ya estaba en él? Sin entender nada de lo que había sucedido, cerró los ojos y murió.

3 de 3

Tenía nueve años de edad y estaba pastoreando un pequeño rebaño de ovejas, su padre que ahora trabajaba en una fábrica, le había dado el honor de ser partícipe de la economía de casa haciéndose cargo del  ganado. Con cada quincena de éxito y si no habían incidentes negativos ni con los animales a su cuidado ni en su rendimiento escolar, se le incrementaba la responsabilidad en uno, así, llevaba ya cuatro ovejas en el monte. Hacía seis días trataba de convencer a su padre de que la baja calificación que obtuvo en el último examen, si es que 89/100 es bajo, no tenía nada que ver con la nueva tarea que desempañaba con orgullo y cariño, sino que se le quedó una cuenta del ábaco mientras calculaba y no lo notó, cosa que al revisar su examen logró corregir con desesperación, sin embargo, el desorden y la mancha dejada en el papel le significó la pérdida de cinco puntos.

— ¿Y los otros seis? —preguntó él.

— Me los quitaron por llorar para que no me quiten los primeros cinco —respondió ella.

— Entonces te quitaré una oveja por llorar esta vez, parece que no aprendiste la lección de la maestra —sentenció su padre.

 A pesar de todo estaba muy orgullosa de sus cuatro ovejas, eran gordas y blancas, con bellas orejas y rostro alegre. Una noche su padre, un hombre orgulloso y trabajador, se acercó a ella, tenía el rostro descompuesto y los ojos brillosos y húmedos, le dijo que no les pusiera nombre ni se encariñara con las ovejas, pues de la lana y la carne era de lo que se vivía en aquella época y que el dolor de perder a un ser vivo al que se le ha agarrado afecto es como perder un hermanito que no llega a la edad segura, es decir, da igual que no hablen ni te entiendan, entienden de cariño y de temor y de dolor. Lloró con su padre aquella vez, él la abrazaba fuerte y ella sintió la presión en su pecho marcada por los sollozos de su padre pero no dijo nada, nunca se decía nada cuando había lágrimas en los ojos de padre.

A esas horas de la mañana era notable el celeste del cielo, despejado y con exigua nubosidad, luego de tres meses en compañía de las ovejas había aprendido a leer su comportamiento y en ese instante se mostraban nerviosas, un ruido fuerte que parecía venir de todos y de ningún lado a la vez la alertó, buscó con la mirada a su alrededor y cuando creyó encontrar la fuente del ruido la deslumbró una luz cegadora, como el brillo de mil soles.

Fue lo último que vio en toda su vida, pero no fue lo último que sintió, lo último que sintió fue miedo, y aún con ese terror corriéndole en las venas, sin saber lo que pasaba, luchó contra sí misma conteniendo las lágrimas, no lloraría por el arrebatamiento de su vista, no quería que le quiten nada más, había aprendido la lección.

8:15:55

En el aire, a más de nueve mil metros de altura, a bordo del Enola Gay; volviendo la vista hacia atrás, con los ojos desorbitados y el rostro desencajado, el capitán Robert Lewis dijo lo que más tarde escribiría en su libreta: ¿Cuántos japoneses matamos? ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?

Hiroshima, 6 de agosto de 1945.

Niño Pequeño (Little Boy)

Fue el nombre que se le dio a la bomba atómica de fisión de uranio lanzada sobre Hiroshima el 6 de Agosto de 1945, detonando con 13 kilotones de potencia. Dicho evento fue y es a la fecha, uno de los peores genocidios de la historia.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Crea tu sitio web con WordPress.com
Comenzar
A %d blogueros les gusta esto: