Naturaleza Implacable

La naturaleza es implacable, hermosa y asesina, sí, asesina, nada en este mundo hecho por la madre naturaleza vive sin que de manera directa o indirecta haya un muerto dándole parte de lo que alguna vez fue para que pueda seguir su camino.

Lo que a continuación se relata está basado en hechos 100% reales.

Mientras tres cachorros de puma que apenas llegaban a los  cuatro meses de edad jugaban a mordisquearse, su madre, una fiera felina de pelaje parduzco olfateaba el aire matinal en busca de una presa para ella y sus cachorros. Hacían tres días que no conseguía una presa suficiente para saciar su hambre y la de sus hijos, sabía por su instinto animal que debía hallar algo aquel día, y debía ser grande, lo suficiente para que pueda saciarse ella y alimentar también a sus cachorros. La naturaleza no tiene remordimientos, eso lo sabemos, y así, configuró a estos animales para que, cuando el alimento sea escaso, se alimenten ellos primero, así pueden seguir cazando y proveyendo a su camada.

En paralelo, Travis Kauffman de treinta y un años se preparaba para salir a correr, la ruta de hoy lo llevaba por una trocha muy recorrida por sus pares, era una mañana fresca en Fort Collins Colorado, alistó su SmartWatch, cargó una botella de agua y se dispuso a comenzar. Ya en la calle, comenzó con un leve estiramiento para poner a punto los músculos de su esbelto cuerpo y comenzar a correr. Comenzó con un trote lento, mentalizándose en romper el record de distancia que tiene pendiente desde hace tres meses, dio vuelta a la esquina de siempre y salió por la calle que lleva hacia las afueras, pasado el paradero de buses, aceleró el trote a una carrera lenta, el sudor en su cuerpo brillaba, reflejando grácilmente los haces de luz solar que comenzaban a iluminar la mañana.

La puma de cola larga que terminaba en un pelaje negro, luego de husmear en una cueva buscando roedores, persiguió el rastro de lo que sus sentidos le decían que eran varias ovejas, trepó un risco pequeño para encontrar el rastro y lo detecto hacia el oeste, en esa dirección sintió también un olor que no había sentido antes, se asustó, pero no se detuvo, el hambre y el instinto de supervivencia eran más fuertes que el miedo. Mientras se alejaba de su guarida, de una forma que no entendía, calculaba la distancia que tendría que arrastrar el cuerpo de lo que pueda cazar, estaba lejos de su guarida, usaría sus fuertes mandíbulas recargadas de energía con el inminente bocado para llevar el alimento hasta sus cachorros.

Kauffman controlaba su ritmo cardiaco y revisaba la distancia recorrida en su reloj, estimaba mentalmente cuánto más podría recorrer y si ese sería el día en el que volvería a casa para cambiar la foto del marco de su despacho, en la que aparecía él junto a la distancia recorrida marcada en su SmartWatch y una sonrisa de orgullo propio que parecía ocupar más espacio de lo que anatómicamente era posible en su rostro agudo. Al escuchar a lo lejos un motor que se acercaba, entró en cuenta de que había olvidado sus audífonos, mientras pasaba un camión cargado de ovejas que se dirigía algún lugar al oeste de ahí, se lamentó inicialmente por haberlos dejado en casa, sin embargo, agradeció también el que pueda ir acompañado del sonido del despertar del paisaje, ruidos de aves pequeñas y aullidos lejanos lo mantenían concentrado en qué otros ruidos curiosos podría escuchar en esa parte de su recorrido.

Para cuando el rastro era más fuerte, también comenzó a disiparse, al conseguir contacto visual sobre lo que había detectado, la puma hambrienta y madre de tres descubrió que estaba fuera de su alcance, no importaban los 60 kilómetros por hora que podría alcanzar, no podría hincarles el diente a las suculentas ovejas. De repente, le llegó un olor, que aunque extraño y fuerte, contenía olor a presa, a comida, se escabulló rápidamente entre los arbustos que crecían bajo la pequeña colina sobre la que estaba posada, su pelaje y habilidad natural le permitían pasar totalmente desapercibida al ojo distraído en aquella zona, pudo vislumbrar un animal que aunque ya había visto antes, nunca se propuso darle caza, tenían un pelaje muy extraño y su olor dañaba su nariz, pero esta vez estaba solo, a pie, no era muy veloz y olía delicioso, era el olor de la vida, el olor de la supervivencia. Estudió su entorno con la rapidez que solo un depredador con millones de años de evolución puede, trazó la ruta de ataque, estimó la velocidad de la presa, se acercó a un pino para ocultarse, bajó su pequeña cabeza, las pupilas de sus ojos amarillos e intensos se dilataron pintándolos de negro, su corazón comenzó a bombear, mientras con paso seguro y letal, se colocaba en la posición perfecta para atacar, corrió las orejas para atrás y levantó la cola que usaría como timón, estaba lista.

Travis seguía a su ritmo, dispuesto a cumplir el desafío auto propuesto, miraba su reloj para controlar su pulso, llevaba 132 pulsaciones por minuto, bastante normal para su rutina. Miraba sus pasos y analizaba su pisada, sentía el aire frío que se sentía aún más frio con el sudor de su cuerpo, sus pulsaciones iban ya en 137 cuando escuchó un ruido al borde del camino, provenía de un pino, al girarse nervioso, el frío fue casi hielo y el reloj disparó el bip del contador de pulsaciones, sentía como el corazón se le hundía mientras procesaba la situación. Un puma dispuesto a hacerse con su carne se abalanzaba sobre él a toda velocidad. Rápidamente Travis levantó las manos e hizo mucho ruido, tratando inútilmente de asustar al animal, tardó nada en descubrir que esta sería una manera horrible de morir y lejos de aceptar su destino sangriento, un disparo de adrenalina puso su cuerpo en alerta e incrementó su instinto de supervivencia al máximo, Travis no se iría sin luchar con todas sus fuerzas contra el asesino cuadrúpedo que se abalanzaba sobre él.

Cuando dio los primeros pasos, la rama seca del pino hizo ruido y alertó a su presa, entonces aceleró a toda velocidad, sus patas traseras, más largas que las delanteras le dieron un impulso enorme y con la vista hacia adelante, brincó hacia el cuello del humano, cuando cerró fuertemente las mandíbulas se encontró con que tenía en ellas la muñeca y mano del hombre, entonces en un intento de prenderle de la cabeza, lanzó un zarpazo hacia su cara para evitar que huya, pero su piel era muy delgada y sus garras cortaron con facilidad la piel del rostro, emanando de su mejilla y nariz el néctar carmesí de la vida, encendiendo su ferocidad y hambre desesperadas, el olor metálico de la sangre le recordó a la suya propia que esperaban por ella y por su alimento. Sus casi 60 kilogramos de peso hicieron caer su presa de culo y el desbalance del zarpazo fallido le hicieron perder el equilibrio, cayó rodando e intentó ponerse en pie para terminar el trabajo mientras el hombre estaba aún caído.

Travis sintió el tibio calor de su sangre por todo el rostro, que sobre su piel helada se sentía casi placentero, se repuso rápidamente mientras el felino recuperaba la postura de ataque, se puso detrás  del puma para ganar tiempo mientras buscaba en el piso algo con lo que defenderse. Encontró una piedra de buen tamaño y peso, corrió hacia ella y al agacharse para tomarla, la madre de tres se arrojó sobre su espalda con un peso descomunal. El empuje le hizo trastabillar y cayeron juntos por un sendero angosto, al llegar al piso, la feroz bestia cayó sobre su espalda un poco aturdida por los giros y el golpe. Travis se puso de píe y con la fortuna de tener la piedra aún en la mano, trató de sujetar los pies traseros del animal con una pierna, al conseguirlo brevemente y casi de manera refleja, le atizó una pedrada sobre la cabeza, inmediatamente después colocó su pie derecho sobre el cuello del animal y puso en él, todo su peso y toda su vida.

La caída por el pequeño espacio fue dura y la dejó fuera de sí por breves instantes, inmediatamente después de la caída, rápidamente pensó en la ventaja que tendría en un espació así, saboreaba su victoria cuando le estalló el mundo, se le desorbitaron los ojos y el mareo posterior le evitaba centrar sus ojos negros sobre su presa, además de un sonido agudo y repetitivo que se aceleraba cada vez más, bip, bip, bip, bip, le lastimaba los oídos, iba recuperándose cuándo sintió sobre la tráquea un peso asfixiante, cuando recuperó la noción, descubrió que no podía respirar bien, desesperada se sacudió y trató de cortar la pata larga de la presa que la asfixiaba, pero la presión era tal que sentía los ojos estallar, sus repetidos intentos por detener la tortura mortal que sufría eran cada vez más débiles pues sus poderosos músculos no tenían oxígeno para desatar su fuerza asesina, cada vez engullía menos aire y más desesperación, su presa la estaba matando y sentía desesperación por saber su destino, la fuerza con la que le estrujaban el cuello era ya insoportable y comenzó a lamentarse por sus cachorros muriendo de hambre en aquella cueva, desesperada por su vida y su fracaso, repasó calmadamente el rostro de cada uno de sus mininos mientras exhalaba su último aliento, la vida iba saliendo de su pecho, su cuerpo ya no reaccionaba, el bip se hacía más aterrador, se hacía cada vez más lejano y con tres estertores finales, uno por cada hijo que dejaba atrás, la vida abandonó su cuerpo de asesina. Bip, bip, bip, 200, bip, bip, 199, bip, 196, bip, 190bi


Travis Kauffman, dándo una conferencia de prensa en la habla sobre el ataque que sufrió. (Foto AP/ David Zalubowski)

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