Cárcel

Nada en este mundo, nada, es más dificil que amar.

Gabriel García Márquez

CULPA

«Por fin ha terminado el interrogatorio.»

El abogado de oficio me dijo que con la declaración del testigo, lo más probable es que me liberen y absuelvan pronto, que no tengo de qué preocuparme y que me relaje.

« ¿Relajarme? Menudo huevón.»

— ¡He matado a un hombre carajo, con mis propias manos, con estas manos de mierda, ¿cómo quieres que me relaje?! —el guardia tuvo que separar mis manos de su cuello.

Lo más probable es que vuelva a encontrarme con el abogado huevón ¿cuántas cosas habrá visto el infeliz para volverse tan indolente? Debe tener cerca de cincuenta años y sigue de abogadillo de oficio, ganando uno que otro centavo por defender imbéciles como yo ¿quién me manda?

« ¿Debería llamar a mis abogados?… No creo.

»Llenar la comisaría de este pueblo con un bufete de abogados vestidos de Dolce & Gabbana, Hugo Boss y Louis Vuitton iba a llamar demasiado la atención y prefiero pasar desapercibido».

Me palpo los bolsillos del saco, no encuentro nada.

— ¡La puta madre, ya me robaron el encendedor estos tombos de mierda! «Puto país, debí largarme cuando pude.»

Pasar la noche en la carceleta de la comisaría no es cómodo, para nada, estas cuatro paredes huelen a berrinche, un olor agudo que cala hondo. Es como si la culpa se quedara impregnada en la pintura y en los rincones, como si los gritos de inocencia desesperada aún hicieran eco en los oídos de los culpables, incómodo.

Me cuesta dormir, cierro los ojos y veo mis manos bañadas en sangre caliente y brillante.

«Vaya que es roja la sangre, que brillo tan extraordinario.

» ¡Basta!, has matado a un hombre, era la sangre de un hombre, un ser humano ¡duérmete ya hijo de la gran puta, asesino! —me insulta mi mente, me castiga con las imágenes de su cuerpo lleno de agujeros escupiendo sangre como un cristo, me castiga con la imagen de su madre llorando la pérdida de su hijo, me castigo, me insulto, me canso, no, no me canso…

…estoy cansado, exhausto…

…me duermo.

Me han despertado a gritos, como a un preso común, un ladronzuelo de la más baja estofa. Quise recordarle al suboficial que lo más probable es que me suelten hoy mismo y mandarlo a la mierda, pero me ha traído el desayuno, no debes morder la mano que te alimenta dicen, menuda cagada, si mordiendo la mano que nos alimenta es que hemos llegado a donde estamos, pregúntenle sino a los negros esclavos de todo el mundo, a los franceses allá por el siglo XVIII o sin ir más lejos a nuestros mártires de la independencia que mordieron con rabia la mano española.

No he podido comer, tengo un nudo en la barriga, la avena me sabe a sangre y al querer morder el pan, mi mente me mostró un brazo. Me estoy volviendo loco en esta celda de mierda, a ver a qué hora llega el abogado ese que apesta a tabaco barato y me saca.

CAREO

Ha llegado el fiscal de turno, mi abogado aún no, el comisario le ha dicho que le esperaba ayer, han charlado un rato y ha venido para hacerme pasar al interrogatorio con el fiscal…

…Este huevón cree que por tener una medalla colgada en el cuello puede venir a gritarme y a tratarme como a cualquier hijo de vecino, si ni mi apellido de avenida limeña, ni mi traje de altísima calidad, fuera de su alcance evidentemente, o mi reloj que fácil debe valer su sueldo de seis meses no le han revelado que no soy de su nivel, tendré que hacerme oír.

« ¡Ya carajo! Déjate de pendejadas de pituquito sin personalidad, sólo ignóralo, responde y termina con esto»  —me reprendo.

Me preguntó qué hacía en este lugar tan lejos de la capital. «Mi vida privada no es de tu incumbencia conchatumare» pensé, vine de paseo dije.

¿Que qué puede haber aquí para un hombre de mi capacidad adquisitiva?

«Vaya, sí sabes que no soy de tu nivel so pendejo, y aun así me has tratado como a un preso cualquiera, eres valiente, te concedo eso, sólo por eso me voy a concentrar en responder las preguntas mirándote feo esa cara de culo que tienes» —no se calla mi mente.

—Siendo sincero, tienen en este lugar alejado de dios un burdel de puta madre, buenas chicas, variadas y hábiles pero sobretodo discreción —respondí.

—Putero resultó el señor —me dijo con cara de asco este hipócrita que seguro que se ha levantado un par de ruquitas de a diez lucas.

—El burdel tiene los permisos y no es ilegal, continúe con sus preguntas y me juzga en silencio por favor —me pide que le cuente los hechos y me pongo con ello:

HECHOS

Luego de terminar mi tercer polvo del día, cómo a las seis de la tarde, salgo del burdel caminando, quería despejar la mente y disfrutar la culpa de estar puteando —me pide que cuide mi vocabulario, después de que me llama putero el hipócrita de mierda—. Disculpe jefe, como le decía, estaba caminando tranquilo para buscar una moto en la avenida para que me lleve a mi hotel, me paré a echar una meada en un poste y escuché que alguien venía detrás de mí llamándome: « ¡Oe causa, hey, colorao!», gritaba desde atrás, me sacudo torpemente el pito y lo guardo rápido por la impresión, para cuando volteo, el pata ya estaba a tres metros de mí, llevaba un cuchillo en la mano y me quedé frío, sin saber qué hacer ¡Conchasumare, ya fui! me dije. Le comienzo a decir que no me haga nada, que se lleve todo lo que tengo, pero me dice: «naa causa, no soy choro, quiero que me mates», cuando me dijo eso, pensé que el sujeto estaba drogado, luego se me acercó rápido, olía a alcohol y tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado mucho o estuviera muy fumado, no fui capaz de discernirlo en ese momento. Me gritaba: «mátame conchatumare o te mato yo a ti», tenía el cuchillo en la mano izquierda y sacó una navaja con la mano derecha, entonces yo me asusté y  quise correr, pero me caí con un ladrillo y el huevón se me viene encima. ¿Ya vio el cadáver? es un grandazo, entonces gateé  hacia atrás tratando de huir, pero se me echó encima con ambos cuchillos, trató de cortarme la mano con la navaja mientras decía, ya llorando: ¡Mátame mierda o te mueres tú maricón, cabro! —Me vuelve a pedir que cuide mi vocabulario—. Pero le estoy contando los hechos señor fiscal, para que vea usted el estrés por el que pasé —le respondo.

Entonces le quito fácilmente el cuchillo de la mano y comienza a cortarme, —le enseño el corte que me hizo en el brazo, cerca de la arteria, poco profundo por suerte, y continúo—. Y ya pues, tomo el arma y se la clavo en la panza, pero sigue intentando cortarme, en eso ya yo era un loco con el cuchillo y comencé a darle donde le caiga, sha, sha, —relataba mientras mi mano (vendada por el corte que me dejó la parte del metal pegado al mango del arma , el tombito me dijo que a eso se le llama la herida del asesino, tiene mucho sentido), se sacudía delante de la cara del fiscal en un puño cerrado, simulando las cuchilladas—, sha, sha, le daba en el abdomen, en el cuello, la cara, donde le caiga, para cuando me libero, el pata se pone a llorar: «¡Ayuda!, me matan, ¡auxilio!» y yo me asusté horrible, en eso viene corriendo la señora y me dice: «¿qué pasa joven, que pasa?» —le explico y me dice que ella había visto el ataque y que no me preocupe. Llamó a la policía, yo quería huir jefe — ¡Fiscal!, me corrige el tarado—, tenía miedo de que no me crean, pero yo sabía que era inocente y me quedé a esperar. Ya el resto usted lo sabe.

El fiscal pregunta al comisario lo que se sabe de la víctima, este le cuenta que según cuenta la seguridad del burdel, habían tenido que expulsarlo porque quería entrar a la fuerza diciendo que su esposa estaba adentro y que quería que salga, en palabras del occiso: «la puta de mierda esa se está cogiendo a otro» ¿Y qué se sabe de la familia de la víctima? Le pregunta al comisario.

—La mujer del fallecido, Celeste Julca de veinte años de edad fue a reconocer el cadáver a la morgue y luego vino a la comisaría para su declaración, dijo que efectivamente trabaja de puta en el burdel y que su marido se había enterado recién y que por eso se había puesto muy mal, hizo toda una escena de dolor y llanto, culpándose por su muerte, la tranquilizaron y luego se fue sin poner denuncia contra el investigado, sin confrontarlo siquiera, por culpa imagino, el hombre casi se muere por su culpa. —Relató al fiscal el comisario.

Más tarde, la testigo, la señora Julia Alarcón, volvió a relatar al fiscal lo que decía en su declaración tomada en  la comisaría, —todo coincidía exactamente con lo que yo había relatado al fiscal—. Cuando llegó mi abogadillo, conversó un rato con el fiscal, hicieron los papeles y me dijeron que hasta que terminen las diligencias preliminares, estaría en el calabozo de la comisaría. «Putamare, más días en el cuarto de los orines».

LIBERTAD

Luego de varios días, vino mi abogado, me comunicó que mi caso fue tipificado como: “Legítima defensa en igualdad de armas”, sin elementos suficientes para formular una denuncia fiscal, puesto que la esposa del occiso no puso denuncia alguna. Mi caso fue archivado y fui puesto en libertad a eso de las cuatro de la tarde, habiendo pasado cinco días en ese agujero de culpa.

Ya en el hotel, tenía hambre pero no quería comer, me quedé dormido. Esta vez la culpa ya no me juzgaba, estaba tan aliviado que dormí como un bebé; literalmente, en posición fetal y todo, quien me viera se cagaba de risa.

Esperé los once días que faltaban para cumplir los quince pactados y conduje hasta su casa, toqué el claxon y el primero en bajar fue Matías, un hermoso pequeño de cinco años, lleno de vida y con un nuevo futuro por delante, me tendió tímidamente su manita de cuatro dedos, se las apreté con ternura.

— ¿Sabes quién soy?

— ¡Sí! —me dijo con una sonrisa desmolada.

—Sube al coche, pronto nos vamos.

Cuando bajó su madre subimos al auto, la besé con anhelo, me tomó de la mano y nos fuimos.

A la media hora llegamos a la casa de Julia, le pagué los otros cinco mil soles que le debía y agradeciéndome, no por el dinero, sino por lo otro le dijo a Celeste:

—Ay hijita, ya se acabó, se acabó tu tortura hijita, ya puedes ser libre y feliz con tu hijito.

Acarició con amor maternal las heridas que ella misma me había causado, guardó el sobre debajo del elástico de la falda y se metió en casa diciendo adiós con la mano, sin mirarnos a la cara, avergonzada —tenía miedo.

Antes de salir de la ciudad, tomé a Cele de la cabeza y acerqué mi boca a su oído:

—Te dije que ese hijo de puta las iba a pagar por lo que te obligó a hacer y por llevarse a tu hijo, que lo haría con mis propias manos ¡te lo dije!

Le quité la bolsita con los dientecitos de leche que el maldito le enviaba cuando se escapaba del burdel y las pequeñas falanges que apretaba en su puño cada noche, mientras lloraba de impotencia pensando en su pobre Matías.

—Esto se acabó —le dije y arrojé la bolsita por la ventana del auto.

Matías dormía tendido a lo largo del asiento trasero con una pierna colgada que bailaba al ritmo de los baches del camino.

Nunca pensé que enamorarme de una puta me iba a traer hasta este punto, pero me dio lo que el dinero no pudo. Nos largamos dejando todo lo malo atrás, en busca de un final feliz, de ese que cuentan los cuentos.

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